3: La Verdad

Tinta” (Fic de MizukyChan)

Capítulo 3: La Verdad

Todo era confuso. Su cabeza dolía horrores y sentía que, aunque quisiera, no podía abrir los ojos. Su boca estaba seca y apenas podía tragar.

—¿Qué… qué ha pasado? —Su voz se oyó ronca y rasposa.

—Doctor, Kaulitz ha despertado —anunció una voz femenina.

«¿Doctor? ¿Acaso había sufrido un accidente?»

—¿Dónde…? —Iba a preguntar.

—¿Dónde estás? —completó la mujer, más cerca de él.

—¿Dónde está mi hermano? —Corrigió el trenzado—. Bill. ¿Dónde está Bill? —Abrió los ojos de golpe al recordar algunas cosas nebulosas del día anterior, específicamente, el beso ¿o eran acaso, los besos?

—Gemelos —dijo la mujer con ironía. Tom empezaba a odiarla, sin siquiera haberla visto, lo que le llevó a preguntar.

—¿Mis ojos?

—Tranquilo… —La voz de un hombre se acercó hasta él—. Es sólo un efecto secundario. Te pondré unas gotas.

El trenzado sintió como sus párpados eran separados y un líquido se escurría en sus ojos, refrescando y aliviando la capa nubosa que, anteriormente, no lo dejaba ver.

—Parpadea varias veces —Tom obedeció—. ¿Mejor?

—Sí —giró el rostro para ver al médico. Su semblante serio le preocupó—. ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde está Bill?

—Calma. Bill está bien. No tuviste ningún accidente si es que eso estás pensando —respondió el hombre con calma—. Recibirás una explicación en unos minutos, junto con el resto de los afectados.

—¿Y Bill?

—Él ya está despierto y está esperándote.

Tom soltó un suspiro de alivio.

—Siéntate con cuidado, por favor, voy a revisarte para poder enviarte con los demás —pidió el médico—. Tú eres el último.

—¿El último?

El doctor no dijo más y comenzó a realizar un chequeo básico. Tras terminar, le pidió pasar al baño y volver a ponerse sus ropas.

—Hola, Tom, soy la enfermera Wanda y te ayudaré —dijo una mujer robusta, situándose a su lado.

—¿Necesito una escolta para vestirme? —Preguntó coquetamente.

La mujer de piel oscura sonrió—. Créeme, me vas a necesitar.

Tom sonrió y bajó los pies de la camilla, apoyando todo el peso de su cuerpo en ellos. Wanda tenía razón, necesitaría ayuda. Sus rodillas se doblaron y habría caído de no ser por los brazos de la mujer.

—¿Lo ves?

—Ok, acepto, te necesito.

—Les efectos se irán pasando a lo largo del día. No hay de qué preocuparse.

Se oyó un carraspeo en la entrada de la habitación. Tom abrió muy grande los ojos cuando vio a su hermanito allí, con la cara limpia, sin rastro de maquillaje.

—Yo le ayudaré.

No era una petición, era una afirmación que claramente agregaba un “quítale las manos de encima”. Tom sonrió, le encantaban los desplantes de diva que tenía el pelinegro, sobre todo si eran claramente por celos.

—Bill —dijo la mujer con una sonrisa—. ¿Qué le dijiste al oficial Beckham, para que te dejara venir?

—Le supliqué, hice pucheros y repetí mil y una vez lo mismo, hasta que simplemente rodó los ojos y me dejó venir —respondió el chico con una gran sonrisa.

—Ese es mi Bill —Tom sonrió con orgullo.

—Ven acá, antes que tu hermano se orine encima —pidió la mujer bromeando.

—¡Hey! —Se quejó el trenzado—. Yo no… —Pero calló, porque de verdad su vejiga estaba a punto de explotar.

—¿Lo ves?

—Ok. Bill, ven y ayúdame, estoy inválido —fingió voz de enfermo, soltando unas risitas.

El pelinegro se acercó hasta él y lo tomó por la cintura, mientras el mayor pasaba el brazo por su cuello, buscando mejor apoyo.

Muy lentamente lo llevó hasta el baño y lo ubicó frente al excusado—. Iré por tu ropa —dijo, para darle algo de privacidad.

Pero antes de que pudiera salir, Tom lo tomó por la muñeca y dijo suavemente—. Lo siento, Bill, sea lo que sea que haya hecho para meternos en este problema, lo siento mucho.

El menor se volvió hacia el otro y lo abrazó fuertemente—. Tuve tanto miedo de perderte. No lamentes nada, porque no es nuestra culpa. Te amo tanto, Tomi —su voz tembló, pero no lloró.

—¿Sabes algo de esto?

—Nada, todo es muy confuso, sólo recuerdo que tiene relación con la tinta de los tatuajes —respondió, separándose un poco—. Ahora el oficial Beckham nos explicará qué rayos ha sido todo eso. Nos están esperando, fuiste el último en despertar.

Tom alzó las cejas y los hombros.

&

Cuando entraron a la sala que adaptaron para la reunión, todas las miradas se dirigieron a ellos. Un poco incómodos, los gemelos se sentaron en la parte trasera y aguardaron en silencio.

—Muy buenas tardes, soy el oficial David Beckham y estoy a cargo del “Caso Tinta”, en el que todos ustedes son víctimas —comenzó el hombre.

Bill sostuvo la mano de Tom, pues podía sentir la tensión emanar de su cuerpo.

—Explicaré a grandes rasgos que este caso está ligado con una redada de narcotráfico que planeaba el departamento de policía desde hace varios meses. Uno de los agentes infiltrados nos informó que el grupo de traficantes planeaba alterar las drogas para ingresarlas al país como tinta de tatuajes y para ello utilizaron un parásito en el corezuelo de centeno.

Bill le dio un apretón a la mano de Tom, comprendiendo más o menos a qué se refería toda esta explicación.

—La policía desbarató sus planes, arrestándolos a todos, sin embargo, pobladores locales, entraron al lugar y robaron algunas de las tintas, que ya estaban prácticamente listas para la venta. Cuando el equipo se dio cuenta, comenzamos un rastreo inmediato de los posibles locales en los que se podría vender ese producto y fue así cómo dimos con ustedes.

—¿Quiere decir que todos nosotros fuimos drogados? —Preguntó un hombre de más o menos 30 años, con tatuajes en ambos brazos.

—Sí y no —respondió el policía—. Ella es la oficial Scully, doctora en medicina, ella les dará una explicación más detallada de lo que el parásito del cornezuelo ha provocado en sus organismos.

—Como dijo mi compañero, ustedes estuvieron expuestos a un parásito que alteró una substancia peligrosa, es decir, no fueron simplemente drogados, esto es un poco más complejo. Desde que recibieron el tatuaje, existe un periodo de incubación que dura tres días, si después de eso nadie presentó cambios, quiere decir que puede continuar con su vida normal, por eso todos ustedes fueron puestos en cuarentena, mientras terminaba ese lapso.

Los gemelos se miraron, temerosos de lo que aquello pudiera significar.

—Desde que los reunimos en el ala del hospital, les suministramos un suero especial, capaz de controlar los cambios y anular la fuerza de parásito.

—¿Qué pasó con los exámenes de sangre? —Interrumpió una mujer, igual de nerviosa que el resto de los presentes.

—Todos resultaron positivos, fue por eso que procedimos con el suero —contestó Scully—. Quiero que pongan mucha atención, porque lo que les voy decir ahora puede crear un gran conflicto en ustedes.

—Cuando la Oficial Scully termine con su explicación, vendrá una secretaria que hará citas para cada uno de ustedes —intervino Beckham.

—¿Citas para qué? —Preguntó uno de los pacientes.

—Para terapia psicológica. Es un protocolo gratuito para ayudarles a superar los efectos post-traumáticos.

«Mierda, esto es muy malo» Pensó Tom, apretando sin querer la mano del pelinegro.

—Prosigo —dijo la mujer policía—, el efecto que tiene el parásito dentro de sus cuerpos es muy semejante al de la “Cannabis sativa” en gente con posibles trastornos mentales, es decir, que al consumir la droga se desarrolla la enfermedad.

—¡¿Qué?! —Exclamó alguien.

—Hay muchas personas que nunca presentaron problemas mentales como esquizofrenia u otro tipo de locura, hasta que consumieron la droga. Es decir la enfermedad estaba latente dentro de sus cuerpos, pero sólo se desencadenó por el consumo de la droga.

—¡¿Quiere decir que nos volveremos locos?! —Una mujer joven se puso de pie, casi histérica—. ¡Me van a tener que indemnizar por esto!

—Calma, por favor y deje que la Oficial Scully termine con su presentación —pidió Beckham con seriedad.

—Físicamente, ya no tienen rastro del parásito del cornezuelo en sus cuerpos, por causa del suero que les aplicamos en la cuarentena. Pero el área mental es algo completamente diferente. Las terapias que tendrán con la psicóloga nos ayudarán a determinar si existe el riesgo de haber desencadenado algún tipo de carga genética con estas enfermedades mentales —explicó la mujer—. Si no han presentado indicios como alucinaciones, visuales o auditivas, lo más probable es que sus vidas continúen como hasta ahora.

Tom sintió un nudo en la garganta. Él cuidaba a Bill, trabajaba por él, cocinaba para él, no podía volverse loco y convertirse en una carga. Su frente se perló de sudor y su cuerpo se estremeció.

La mujer habló un rato más, pero la mente del trenzado ya estaba muy lejos de ahí. Debía hacer algo para proteger a su gemelo antes de enloquecer por completo.

—Tom, Tomi, Tomiiii —Un movimiento en el brazo lo hizo volver a la realidad.

—¿Qué? Lo siento, me distraje.

—Vamos a pedir nuestra hora con la psicóloga —dijo levantándose de la silla—. ¿Te sientes bien? Estás pálido.

Tom arrugó el ceño—. No estoy bien, Bill. Tengo miedo —confesó con suavidad. Él nunca mentía a su gemelo. A veces escondía verdades, como sus sentimientos obscenos, pero los engaños no cabían dentro de su relación.

—Tú solo tuviste fiebre, Tomi, no tienes nada que temer —sonrió.

Pero el mayor sabía que no era así, había sufrido trastornos, había oído aquella voz que decía cosas vulgares sobre su gemelo, joder, había besado a su pequeño, había intentado poseer su cuerpo.

Sus manos temblaron, pero Bill sujetó una de ellas y lo jaló, para ponerse de pie—. Solucionaremos esto, Tomi, lo haremos juntos.

—Sí —respondió suavemente, pero no muy convencido.

Se acercaron hasta una mujer, vestida como el prototipo de secretaria, falda a la rodilla, colores neutros y gafas sin gracia—. ¿Cuál es su nombre? —Preguntó, sin sonreír.

—Kaulitz. Bill y Tom Kaulitz —respondió el pelinegro—. Somos gemelos y queremos una cita juntos —la mujer lo miró a través de los cristales de sus lentes, sin expresión—. Juntos —repitió Bill, de una forma que a Tom se le antojó intimidante.

—El viernes, a las cuatro de la tarde, juntos —dijo la mujer, anotando en su laptop—. Esta es la dirección. —Le extendió una tarjeta que decía “David Duchovny, psicólogo”

—Gracias —dijo Bill y sin volver a mirarla, salió de allí, todavía sosteniendo la mano de su gemelo.

Caminaron, sin soltarse, hasta el estacionamiento, donde el pelinegro se detuvo y miró a Tom con el ceño apretado.

—¿Qué pasa? —Preguntó el mayor, notando el cambio en su actitud.

—No creo que debas conducir.

—¿Por qué no?

—Acabas de despertar. Te diste un gran golpe ayer en la cabeza —Tom se llevó la mano a la frente, donde todavía había un rastro punzante de dolor—. Mejor conduzco yo.

—Pero tú manejas muy lento.

—¡Hey! —Se quejó el menor—. Ayer yo traje tu trasero inconsciente hasta aquí.

—Entonces, maneja tú —dijo el trenzado sin discutir.

Bill buscó las llaves y abrió el coche. Cuando se instalaron, giró hacia el mayor y dijo—. Lo siento mucho. Si no hubiera insistido con lo del tatuaje, nada de esto habría ocurrido.

—Bill… —Tom se quitó el cinturón y giró en el asiento para enfrentar la mirada del otro—. Nada de esto es tu culpa, tú mismo lo dijiste hace un rato. Esto del “Caso Tinta” fue un gran error del destino que cruzó a esos narcotraficantes con nosotros, eso es todo.

Los ojos del pelinegro se aguaron, de verdad se sentía muy culpable, pero si Tom quería dar vuelta la hoja como si nada, lo haría, ya sufriría en silencio después.

—Además ahora… —El mayor cortó la idea y sonrió.

—¿Qué? ¿Ahora qué?

—Tenemos un tatuaje gemelo —le dio un guiño realmente sexy y sonrió—. Y mira esto —levantó la manga de la camisa para descubrir el dibujo en su brazo—. “Nos vemos en el espacio exterior” —recitó la frase grabada en su piel—, ahora tiene sentido, ¿no? Hemos vivido una experiencia fuera de este mundo. Yo oyendo cosas y tú manejando el auto —el mayor rió con ganas, pero Bill abrió los ojos grandemente—. ¿Tú… oíste cosas?

Tom cerró la boca y se pateó mentalmente. Arrugó el ceño y asintió.

—¿Y qué cosas oíste? ¿Has oído algo más, hoy, al despertar?

—Bill, cálmate.

El pelinegro quiso gritar “¡No puedo calmarme! ¡No quiero que te vayas a volver loco!”, pero sabía que todo sería peor, si se alteraba, Tom se cerraría y no lo dejaría ayudarle. Se sintió mal por ser un mimado y depender tanto de su gemelo, al grado de sentirse inútil ahora que era él, quien debía ayudar al mayor.

—Está bien, lo siento —dijo, bajando la mirada.

—No quiero que te preocupes, ¿ok? Sea lo que sea, lo hablaremos con el psicólogo y él nos ayudará a superar esto. Tal vez no fue nada, algo relacionado con la fiebre que tuve. Nadie ha dicho que voy a perder la razón —el trenzado dijo todo esto sin despegar la vista de la ventana, quería creer en sus propias palabras, pero la verdad, es que no estaba seguro de nada.

—¿Tomi?

—¿Me llevas a casa, por favor? —Pidió con ojos suplicantes—. Me muero de hambre —quiso dibujar una sonrisa, pero salió muy forzada y Bill supo que no era natural.

—Sí, claro —miles de pensamiento cruzaron la mente de ambos jóvenes, ideas y temores que pronto tendrían que afrontar, para resolver el dilema en el que estaban.

& Continuará &

En el siguiente capítulo sabremos qué ocurrirá con Tom ¿Será que el parásito lo ha vuelto loco? ¿Qué harán los chicos si eso ocurre? ¿Cómo afrontarán sus besos, ahora que ya saben la verdad? Los invito a seguir con la lectura.

Nota: Yo me fui de carril con el tema de la droga, es completamente inventado por mí, incluso miré por ahí y encontré esto. Pero para los efectos del fic, la cannabis sí puede causar esquizofrenia, como el parásito, puede generar locura, ¿está bien? Pero es sólo para efectos del fic.

La Universidad de Harvard publicó en la revista Schizophrenia Research.

«En resumen, concluimos diciendo que el cannabis por sí mismo no causa psicosis en individuos genéticamente vulnerables, mientras que el cannabis puede modificar el inicio de la enfermedad, la gravedad y el resultado del tratamiento, según este estudio no hay evidencias de que puede ser la causa de la psicosis».

Escritora del fandom

2 Comments

  1. OMG !!! ojalá no deje secuelas en Tom …. gracias por actualizar !!!! un beso grande . Me encantó el capitulo.

    • Mi querida Julie, en el siguiente capítulo sabremos si quedaron secuelas psicológicas en los chicos, pero de algo sí podemos estar seguras, ellos nunca olvidarán lo que les pasó. Chan, chan, chan…
      Muchas gracias por el apoyo y por comentar.

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