Resumen: Tom pasa la víspera de Navidad con Bill, el hijo de siete años de la vecina.

(Traducción de MizukyChan)

Cuidando a Bill en Navidad”

—¡Tomi! ¡Mira!

Tom alzó la mirada del farol de nieve que estaba haciendo en esos momentos, ante la demanda del niño pelinegro de siete años que requería su atención y con una suave sonrisa, Tom lo miró a él, sólo para ver que estaba de pie en medio del jardín, rodeado de diferentes clases de animales hechos de nieve. El niño tenía una sonrisa orgullosa en los labios al toparse con los ojos de Tom y era fácil ver que estaba muy complacido consigo mismo.

—Se ven bien —lo elogió el mayor, aunque no estaba seguro de lo que se suponían que eran la mitad de las figuras, pero luego bajó la mirada a las manos desnudas de Bill y arrugó el ceño—. ¿Dónde están tus guantes?

Bill parpadeó sorprendido y bajó la mirada a sus manos, sosteniendo una expresión concentrada, luego miró por los alrededores del terreno, antes de sonreír ampliamente y agacharse a recoger un par de guantes de un rojo brillante que yacían en la nieve. El color hacía juego con su gorrito.

—¡Aquí! —Gritó orgulloso, zigzagueando entre su pequeña granja de animales de nieve y, un par de segundos después, estaba de pie frente a Tom, sonriendo con vergüenza—. Se cayeron.

—Claro que sí. —Tom soltó una risita y los tomó, ayudando a Bill a deslizar los dedos por el suave material, asegurándose de que sus manos estuvieran, una vez más, bien protegidas del frío—. Mantenlos puestos esta vez, ¿okey?

—Okey. —Bill sonrió y luego se dejó caer en sus rodillas, para mirar el farol de nieve de Tom a medio terminar—. ¡Te ayudaré!

—Está bien. —Tom sonrió—. Puedes hacerme más bolas de nieve y yo seguiré construyendo, ¿te parece bien?

Bill asintió y estiró una mano, sacando un puñado de nieve, tomando su tarea muy en serio, mientras sus cejas se apretaban, concentrado, y comenzó a formar heladas bolas de nieve con sus manos pequeñitas.

Mientras trabajaban formando su farol de nieve, Bill le contó a Tom sobre los animales que había formado, como le había puesto nombre a todos y como cada uno de ellos tenía una personalidad diferente. Tom no pudo evitar sonreír y, una vez más, se sorprendió por lo fácil que era querer al pequeño pelinegro. Normalmente, no le gustaban los niños, siempre eran muy bulliciosos, demasiado molestos y excesivamente malcriados, de una u otra forma. No podía ni recordar cuántas veces había deseado que hubiera una ley que prohibiera llevar niños a lugares públicos, como cuando esos pequeños bastardos arruinaban las películas en el cine, o como cuando un pendejo molesto, pateaba la parte de atrás de su asiento en el bus.

No, a Tom no le gustaban para nada los niños y, mayormente deseaba que todos estuvieran encerrados en alguna parte, hasta que fueran lo suficientemente mayores para no cabrear a todos a su alrededor, pero por alguna razón, Bill era diferente. No sabía por qué, pero podía ser terriblemente terco cuando andaba de malas y en esos momentos, decidía no escuchar para nada a Tom. Y también hubo instantes en que Tom quería decirle a Simone que se fuera a la mierda y que ella misma cuidara al niño, cuando le pedía que fuera niñera de Bill.

Pero al final, Tom nunca decía que no. Necesitaba el dinero extra y tampoco era que tuviera demasiada vida social y, aún ahora, en víspera de Navidad, había dicho que sí. Simone estaba en alguna fiesta de Navidad del trabajo y, de todas formas, la familia de Tom no tenía planes hasta el día siguiente, así que no tenía razón para decir que no. Además, Simone le había ofrecido una cantidad bastante grande de dinero por haberle avisado con tan poca anticipación y en un día como víspera de Navidad, así que no había forma en que Tom dijera que no a esa cantidad de dinero.

Y también estaba eso de que sin importar lo pesado que pudiera ser el niño a veces, Tom lo seguía encontrando encantador y había algo en la forma en que Bill lo adoraba, que lo hacía decir que sí, incluso las veces que tenía otros planes. A él le gustaba cuidar de Bill, el chico era dulce cuando estaba de buen humor y le encantaba tener a Tom ahí, así que ¿cómo podría decir que no?

—Es suficiente —dijo Tom, mirando a las cinco bolas de nieve que Bill había hecho—. Encenderemos la luz así —continuó, mientras le mostraba a Bill cómo poner la vela, ahora encendida, en medio de su farol de nieve—, y luego ponemos las últimas bolas de nieve en su lugar —sonrió—, y con eso terminamos.

Bill soltó una risita feliz, observando el farol, ahora terminado, iluminando la oscuridad de la tarde. Y con una gran sonrisa, se volteó hacia Tom—. ¿Podemos hacer otro?

Tom dejó salir una risita, pero luego asintió. Uno más no haría daño y, si Bill realmente quería hacer otro, ¿por qué rayos no?

Les tomó un poco más terminar el segundo farol porque, aunque Tom había dejado que Bill lo ayudara, el niño no era muy rápido para hacer las bolas de nieve y se negaba a dejar que Tom hiciera una, así que les llevó un poco más de tiempo, pero a Tom no le importó.

—Tomi —dijo de pronto Bill con la voz débil, mientras el mayor encendía la segunda vela y la ponía en su lugar, seguida rápidamente por la última bola de nieve—, me duelen los dedos.

—¿Qué? —Tom lo miró sorprendido y arrugó el ceño cuando vio que, una vez más, las manos de Bill estaban desnudas—. ¿Dónde están tus guantes?

—No sé. —Bill casi sollozó y miró a Tom con los ojos muy grandes—. Me duele, Tomi.

—Lo sé, lo sé —lo calmó el mayor y gateó un poco más cerca, para ayudar a Bill a ponerse de pie—. Vamos adentro. Los buscaremos mañana.

Llevó al niño llorando adentro y le ayudó a quitarse las gruesas ropas de invierno. Y, mientras aguantaba las ganas de rodar los ojos, porque el niño estúpido siempre se las arreglaba para lastimarse de alguna manera, lo guió hasta el sillón de la sala, poniendo una manta alrededor de él y tomó sus pequeñas manitos en las suyas.

—Ya sabes que tienes que dejar los guantes puestos cuando juegas en la nieve —dijo bajito y llevó las manos enrojecidas de Bill a su boca, soplándolas gentilmente mientras las frotaba—. Te lo he dicho cientos de veces, ¿verdad?

—Se cayeron —respondió débilmente el pelinegro. Los sollozos se habían detenido y ya no estaba llorando, pero claramente todavía estaba adolorido.

—Pero si de verdad se cayeron, debiste decirme —contestó Tom suavemente—, si no los hubieras perdido, no te dolerían las manos.

Bill sólo asintió, mordiéndose el labio inferior mientras Tom volvía a soplar sus manos y, cuando el mayor pensó que las manos del niño estaban volviendo al color normal, las soltó, metiéndolas debajo de la manta, esperando que no se hubieran lastimado en serio por la nieve fría. No creía, pero no sabía mucho de esas cosas y nunca antes había cuidado a un niño en invierno, ¿qué demonios iba a saber él de un niño tonto que no quería protegerse las manos?

—¿Te sientes mejor ahora?

Bill asintió, pero todavía se veía triste y Tom volvió a evitar rodar los ojos. Luego tuvo una idea y le dio a Bill una sonrisa—. Ya sé qué te hará sentir mejor —dijo, haciendo que su voz sonara mucho más emocionada de lo que en realidad estaba—. ¿Qué tal un regalo de Navidad?

—¿Acaso Santa ya estuvo aquí? —Bill jadeó, mirándolo con los ojos muy abiertos, como si de pronto tuviera miedo de haberse perdido lo mejor de la noche.

—No. —Tom soltó una risita—. Este no es de Santa. Es mío. ¿Lo quieres?

—¡¿Hoy?! —De pronto Bill estaba muy emocionado y, básicamente, estaba dando botes en el sillón, sin ser capaz de estar quieto un segundo más.

—Sí, hoy. —Tom sonrió—. Mañana no estaré aquí, así que sí, puedes tomarlo hoy.

—Okey. —Bill asintió, luego su rostro se iluminó con una sonrisa todavía más grande—. ¡Yo también tengo uno para ti!

—¿Oh? ¿En serio? —Tom sonrió cariñosamente—. ¿Por qué no lo traes, mientras yo voy por el tuyo?

Bill sonrió y tropezó para bajar del sofá, sin perder la manta que caía sobre él hasta el suelo y, mientras llegaba a la escalera que llevaba a su habitación, básicamente dando saltitos, Tom también se levantó y fue hasta la entrada, donde el regalo de Bill estaba escondido en una bolsa de plástico, en el cajón más alto de uno de los muebles. Lo había puesto ahí, mientras Simone todavía se alistaba para marchar y Bill comía su cena más temprano.

Sonrió un poco cuando sacó de la bolsa el paquete envuelto y escuchó los pasos emocionados de Bill por las escaleras, cuando regresaba a la sala, a esperarlo de nuevo en el sillón.

—¡Ya estoy aquí! —Gritó Bill, saltando de vuelta al sofá, dando botes de arriba abajo por la emoción—. ¿Me puedes dar mi regalo ahora?

Tom rió un poco y asintió, y le entregó a Bill el paquete envuelto, que era bastante grande, sonriendo porque el niño apenas tuvo tiempo de darle a Tom un sobre pequeño que contenía lo que fuera que le hubiera regalado al mayor. Y mientras el pequeño trataba de abrir su presente, mucho más lento de lo que le hubiera tomado normalmente, porque sus manos temblaban de la emoción, Tom abrió el sobre, sonriendo cuando vio la tarjeta hecha a mano con un hombre de nieve en ella.

Mientras Bill todavía luchaba con el envoltorio de su paquete, Tom abrió la tarjeta y su sonrisa se amplió más al ver una foto de ellos dos, sentados en el suelo, jugando con uno de los juguetes viejos que Tom sacaba del sótano, las pocas veces que Bill iba a su casa. La foto fue tomada por la mamá de Tom, quien se había puesto muy feliz al ver que los viejos juguetes volvían a ser usados y, más tarde, le dio una copia de la foto a Simone, porque pensó que ambos, Bill y Tom, se veían adorables en ella.

En el reverso de la foto, Bill había escrito una pequeña nota con letras grandes, y las palabras hicieron sonreír a Tom todavía más.

Espero que tengas muchos regalos y una feliz Navidad.

De Bill”

—Gracias. —Tom sonrió y miró a Bill, quien finalmente pudo quitar la primera capa del papel de envolver y ahora estaba haciendo un hoyo en medio de la segunda—. ¿La hiciste tú mismo?

—Mhm —dijo Bill, su lengua asomaba entre los dientes, con una expresión concentrada. Tom se dio cuenta que había sido demasiado generoso con la cinta adhesiva y, para alguien tan joven como Bill, era difícil de abrir—. La hicimos en la escuela.

Tom asintió y observó cómo Bill, finalmente, se las arregló para romper todas las capas de papel, el chico soltó un chillido de gusto al ver al peluche adentro.

—¡Un tigre! —Chilló y abrazó al felino de peluche—. ¡Es el mejor animal del mundo!

—Ya sé que piensas eso. —Tom soltó unas risitas—. ¿Te gusta?

Bill asintió y miró al tigre con los ojos muy grandes, antes de abrazarlo apretadamente—. Le voy a poner tu nombre, Tomi. Tomi, el tigre.

El mayor volvió a reír y sonrió cuando Bill gateó por el sofá para darle un abrazo—. Gracias, Tomi.

—De nada. —Tom sonrió y correspondió su abrazo, antes de que el pequeño lo soltara para volver a jugar con su nuevo juguete.

&

Un par de horas después, cuando Bill ya estaba demasiado cansado para seguir jugando, terminó el sándwich y el chocolate caliente que Tom le había preparado y ambos volvieron a sentarse en el sofá a ver una película que Bill había escogido y que, probablemente, habían visto cientos de veces, pero Tom no le puso atención. El niño estaba hecho bolita junto a Tom, mirando la película con ojos somnolientos, abrazando firmemente su nuevo tigre debajo de la manta.

—Hey, Bill —murmuró Tom y esperó a que Bill ladeara la cabeza para mirarlo antes de continuar—. ¿Quieres saber cuál es tu segunda sorpresa?

—¿Hay más? —De pronto, Bill se veía mucho más despierto y se sentó a mirar a Tom con los ojos bien abiertos—. ¿Más regalos?

—No exactamente —respondió Tom, con una sonrisa cálida—, pero estaba pensando, como te gustan tanto los tigres, ¿qué tal si vamos al zoológico en la primavera, cuando vuelva a abrir y vemos a unos tigres de verdad? ¿Sólo tú y yo?

—¿Tienen tigres de verdad ahí? —Bill jadeó y Tom volvió a sonreír. Él ya había hablado con Simone sobre eso y ella le contó que Bill nunca había ido a un zoológico.

—Sí tienen. —El mayor sonrió—. ¿Te gustaría ir ahí?

El pelinegro sonrió y asintió tan rápido, que Tom pensó que su cabeza se caería.

—Pero tendremos que esperar hasta la primavera —dijo el mayor con voz tranquila, esperando no haberle dado falsas expectativas al niño, haciéndole creer que irían pronto.

—No puedo esperar. —Bill sonrió y volvió a acurrucarse junto a Tom, dándole un abrazo, antes de volver a su posición, recostado, apoyándose en el regazo de Tom, abrazando a su tigre y volviendo a ver la película—. Tú eres mi súper mejor amigo —murmuró Bill y Tom estaba bastante seguro que no se refería al tigre—. Te amo, Tomi.

Tom sonrió, estaba acostumbrado a que Bill fuera pegote cuando se sentía cansado y esta no era la primera vez que le decía a su niñero que lo amaba. Ese gesto hacía sonreír a Tom en cada ocasión. Él nunca había tenido hermanos y no se llevaba bien con los niños y la linda forma que tenía Bill de decirle, constantemente, lo importante que era, lo hacía sentir especial.

Dejó que sus dedos pasaran por el negro cabello del chico, sonriendo porque ya estaba medio dormido.

—Yo también te amo, Bibi.

F I N

Aaww, que cosa tan tierna ¿no les parece? Están todos invitados a dejar sus comentarios. Besos para todos y muchas gracias por la visita.

por MizukyChan

Escritora del fandom

Un comentario en «En Navidad»

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