INCUBUS 7

INCUBUS”

Capítulo 7

& Anteriormente &

Sweet Land” la tierra de los dulces, te espera para cumplir tus deseos.

Te atenderemos con devoción.

Parecía un anuncio de tienda de masajes de dudosa reputación y Tom sonrió encantado. «Esto es lo que ellas realmente desean» Pensó y con un chasquido de dedos los papeles volaron y se esparcieron por toda la ciudad. Luego regresó feliz al departamento.

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El Incubus no podía ocultar la sonrisa tras haber esparcido los carteles por toda la ciudad. Entró en el departamento con una actitud de player y fue en busca de un trago.

¿Bill? —Llamó dando un sorbo a su bebida.

¿Tom? —Gritó la voz cantarina desde la habitación—. ¡Ven aquí ahora mismo! —Le mandó con la voz sonriente. El trenzado se alegró y fue en su dirección.

¿Qué sucede? —preguntó apoyándose en el marco de la puerta, completamente sexy.

¿Por qué, Tom? —cuestionó a su vez el pelinegro, enterrado entre almohadones blancos.

¿El qué? —Le miró confundido, sentándose en el borde de la cama.

¿Por qué me compraste esta cama taaaaaannnnn exquisita? Ahora ya no querré levantarme nunca más —comentó haciendo un puchero adorable.

Mmm —Casi gimió el trenzado «Yo me quedaría para siempre contigo en la cama, bebé» Pensó el Incubus, y tuvo que sacudir la cabeza para sacarse la erótica idea de la cabeza—. Vamos, no seas exagerado, es sólo una buena cama —Le sonrió y jugueteó con su piercing.

Tom, te estás tomando muchas atribuciones conmigo —afirmó, poniéndose al lado del demonio.

¿Lo dices en mala manera o en buena manera? —preguntó preocupado Tom.

No lo sé —contestó sincero el pelinegro—. Sé que somos amigos y que a ti el dinero no te falta, pero es raro hacer tantas cosas por alguien a quien apenas conoces —Le dijo mirándolo fijamente.

Pues… —Dudó—. Tú dijiste que éramos amigos, yo… —Bajó la mirada—. Nunca he tenido un amigo, así que esto me parece de lo más normal —El moreno se sintió tocado por las palabras de Tom, ¿cómo es que alguien tan amable y guapo no tenía amigos? No lo entendía, y le dio un poco de tristeza, así que optó por acariciar sus trenzas para calmarlo.

Gracias, Tom —expresó con dulzura.

Gracias a ti, Bill —Giró y abrazó al pelinegro, quien le respondió sin reparos, hasta que su estómago sonó, provocándole un ligero sonrojo—. Creo que mejor me voy a cocinar.

Yo te ayudo —Se ofreció feliz el moreno.

Ambos se pusieron delantales y se pusieron manos a la obra. Tom con una lasaña y Bill con las ensaladas. Hasta que estuvieron listos y se dispusieron a comer.

A propósito, Tom, ¿cómo te fue con los anuncios? —consultó con la boca llena, cosa que le encantaba al Incubus.

Excelente. Ya están todos repartidos. Creo que veremos los resultados mañana mismo —aseguró, sirviéndole más soda a Bill.

¿Y cómo es que se repartió tan rápido?

Ya te lo dije, tengo una amiga en la imprenta, ella se encargó de todo —Mintió el trenzado sin siquiera sonrojarse.

¿Y qué escribiste? ¿Me trajiste alguna copia? —Le habló otra vez comiendo.

No, deberás confiar en mi buen criterio —Le guiñó un ojo y una extraña preocupación llenó las entrañas del menor.

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Llegaron al local, primeros como siempre, abrieron y comenzaron a organizar todo. De pronto un gran alboroto llamó la atención del pelinegro.

No chicas, aún no es hora —Hablaba con una sonrisa boba Georg, cerrando la puerta de entrada. Le seguía… con una clara expresión de molestia, el rubio de gafas.

¿Qué sucede? —preguntó Bill acercándose a ellos.

¡¿Qué sucede?! —repitió irónico el rubio— ¡Sucede este maldito anuncio! —Gritó fuerte para que le oyera el trenzado.

Dámelo —pidió el pelinegro y su boca se tornó en una mueca de terror—. Dios mío… ¡TOOOMMM! —Gritó.

En la cocina, el trenzado reía, disfrutando del caos que había provocado. Sin dejar su sonrisa, avanzó en dirección de los chicos.

¿Qué deseas? —preguntó con inocencia.

¿Qué…Tom…? ¿En qué demonios estabas pensando cuando escribiste esto? —Le gritó Bill, perdiendo completamente la compostura.

¿Qué tiene de malo? —cuestionó, sin apartar en ningún momento su mirada inocente.

¿Qué… qué tiene de malo? —Bill estaba al borde la histeria.

¡Parece la promoción de un maldito prostíbulo! —Gritó completamente indignado Gustav.

No lo creo —mencionó Tom, sólo que esta vez no pudo evitar sonreír con malicia.

¡Tooommm! —Le reclamó el pelinegro.

En serio, Bill, esto no tiene nada de malo, sólo estoy promocionando lo guapo que somos nosotros cuatro y así las chicas podrán venir no sólo a consumir deliciosos dulces, sino que podrán deleitarse con nuestras apetecibles apariencias —anunció besando uno de sus dedos y llevándolo de manera sensual por su pecho… Bill quería reír, pero debía mantenerse firme.

Pero Tom, este mensaje se malinterpretará, ya no vendrán familias con sus niños —agregó, tratando de mantener la compostura.

Bill, ¿quieres asomarte por la puerta? —pidió por primera vez el castaño. El pelinegro le hizo caso, se asomó y entró rápidamente, con la respiración agitada.

¿Qué pasa? —cuestionó el trenzado, adivinando la respuesta.

Hay muchísima gente afuera —dijo abanicándose con las manos.

¡Y todas son unas malditas niñas locas! —afirmó furioso el rubio, arreglándose las gafas. Sin duda estaba muy molesto porque al entrar, las chicas tocaron más de la cuenta a su Georg.

Se los dije —aseguró Tom, guiñándole un ojo al moreno—. ¿Y bien? ¿A qué hora abrimos? Sin duda tendremos mucho trabajo este día…

Y muchas propinas —Secundó el castaño.

¡Aaahhh, no puedo creerlo! —Gritó emocionado el pelinegro.

¿Qué? ¿Ya cambiaste de opinión? —Se indignó el rubio.

No… —Cambió su rostro a uno serio y alzó su dedo índice—. Tom, no vuelvas a hacerlo —dijo tratando de sonar como un padre molesto, pero fallando patéticamente.

No lo haré sin consultarte, Billy —respondió, volviendo a guiñar su ojo y moviendo su piercing juguetonamente, el moreno le sonrió y dijo firme.

Bien, chicos, todos a sus lugares —Y se encaminó hacia la puerta con la intención de dar por iniciado el día en el “Sweet Land”

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Sólo había transcurrido una hora y el lugar estaba abarrotado de jovencitas coquetas, con enormes sonrisas y provocativos vestidos. Tom estaba fascinado con la atención recibida por la clientela femenina, sobre todo porque no estaba usando su poder de Incubus, ya que había decidido no utilizarlo, para conquistar a Bill con sus propios encantos. Sin embargo como todo un demonio, deseaba seguir llamando la atención y decidió subirse sobre el mesón y hacer una de “sus” promociones.

¡Chicas! —Alzó la voz—. Necesito su atención, por favor —Todas las mujeres desviaron su mirada hacia el guapo trenzado.

¿Tom? —El pelinegro que se hallaba entregando un pedido, volteó su rostro y se preparó para lo peor.

Me presento, para las que aún no me conocen, yo soy el “guapo Tom”, el hermoso pelinegro entre las mesas es el “guapo Bill”, atrás en la cocina, con una hermosa cabellera castaña está el “guapo Georg” y el varonil rubio de gafas es el “guapo Gustav, o Gus”. Saluden chicas —Hizo una reverencia y las chicas casi chillaron al unísono.

¡Hola “guapo Tom”! —El trenzado sonrió maravillado, estaba funcionando y sin poderes demoníacos, wow.

Hermosas damas, les haré una invitación o más bien una promoción válida sólo por el día de hoy. ¿Quieren participar? —Preguntó a la atenta audiencia.

Síiiiiiiii —Se extendió el grito. Bill casi corrió hacia el mesón para tratar de detener cualquier estupidez que pudiera cometer el trenzado.

La promoción dice… Si compras más de cinco pasteles, con sus respectivos jugos o cafés, podrán besar a uno de los guapos trabajadores de “Sweet Land” —Se oyó un grito de emoción y ante esto, los chicos de la cocina se asomaron a ver qué sucedía.

¡Tom! —Le llamó furioso el pelinegro.

Vamos, Bill, juega con nosotros —pidió igual de fuerte el trenzado, para que todos escucharan—. Chicas… ¿les gustaría besar a alguno de nosotros?

Siiiiiii —Fue el grito general.

Y entonces las chicas comenzaron a acercarse al mesón con la clara intención de aumentar sus pedidos.

Bill cogió a Tom de un brazo y lo arrastro a la cocina. Lo encaró furioso.

¡¿Acaso no ibas a consultarlo conmigo primero?! —preguntó con ironía.

Lo siento, me emocioné —contestó, alzando los hombros.

No me parece —agregó furioso el rubio.

Vamos, Gus, no te enfades, creo que la idea es genial —comentó el castaño, ganándose un golpe en el brazo por parte de su pareja.

Sólo será un beso sin importancia —aseguró el trenzado.

No, Tom —El pelinegro se sonrojó mucho—. Yo… yo no beso a cualquiera —Tom notó su incomodidad y simplemente le pareció adorable. Se acercó y levantó su barbilla.

Sólo bésalas en las mejillas.

«Tampoco quiero que toquen tus preciosos labios» Pensó después de mirar a los bellos ojos del moreno.

No sé… —Dudó el pelinegro viendo directamente a los ojos de Tom.

Si no quieres… yo las beso por ti —dijo pícaro y Bill frunció el ceño molesto por la actitud de player que adoptaba el trenzado cuando él le estaba mostrando su alma en una mirada.

Eres un tonto, Tom —Le golpeó el pecho.

Volvamos a atender, pequeño —Le tomó de la mano y salieron a entretener al público.

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Al cerrar la caja esa tarde, los chicos esperaban el veredicto total por parte del pelinegro. Cuando éste dijo en voz alta la cantidad recaudada en sólo un día, todos gritaron de emoción.

¡No puedo creerlo! —Sonrió Gus, frotándose los ojos.

Se los dije —declaró triunfante el trenzado, cruzando los brazos.

Y además nos dejaron miles de números telefónicos —Sonrió divertido el castaño.

Números que tiraremos a la basura —Cortó nuevamente molesto el rubio.

Bien… debo admitir que Tom tenía razón —confirmó Bill, guardando el dinero en la caja fuerte.

Exacto —Afirmó el Incubus.

Pero estoy rendido —Aseguró el pelinegro—. Sólo quiero ir a dormir.

Y yo —agregaron al unísono los otros chicos.

Prepárense, chicos —Habló Tom—. Porque de seguro se pasaran la voz y mañana tendremos incluso más gente —comentó muy seguro.

Serán muy buenas ganancias para todos —Corroboró Bill—. ¡Pero ya vámonos!

Cerraron el local y todos regresaron a sus casas.

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Y así transcurrieron tres días más, hasta que llegó el viernes, el último día de la semana, cuando el “Sweet Land” cerraba sus puertas al público para descansar y re abastecerse el fin de semana.

Esa noche, Bill anunció las entradas totales de la semana y repartió las utilidades entre los miembros del equipo. Georg y Gustav estaban completamente felices. Tom sólo sonreía pues esa noche visitaría los sueños de su amado pelinegro. Y Bill, pues…se sentía muy orgulloso del éxito de su negocio, y quería celebrarlo. Le pidió a Tom que le llevara al supermercado cuando iban de regreso a casa y compró una botella de Champange. Él no acostumbraba a beber, pero sabía que debían festejar.

Vamos, Bill, no seas egoísta y dime qué compraste —pidió el trenzado, cerrando la puerta del departamento, actuando como un verdadero niño malcriado.

Está bien —accedió el pelinegro, acercándose a él y sacando la delicada botella—. Cha rannnn —Canturreó feliz.

Bill —Se animó el mayor—. Pero… tú no tomas… —comentó en tono picarón.

Lo sé, pero una copa no me hará daño… además quiero celebrar el éxito de esta semana, Tom —Le dijo caminando hacia la cocina para traer copas.

Perfecto, no te juzgo para nada, al contrario… tenemos miles de razones para celebrar —Le habló Tom acomodándose en el sofá y abriendo la botella.

Excelente —susurró Bill poniendo las copas para ser llenadas.

Al cabo de un rato, Bill reía escandalosamente con su tercera copa. Tom gustaba de tragos más fuertes, así que él bebía un whisky.

Vamos, Tom, baila conmigo —pidió, moviéndose al compás de una canción en la radio. El trenzado le miraba embobado, sus caderas se movían sensualmente al ritmo de la melodía.

Se ve que llevas el ritmo en tus venas —Le animó el mayor.

En un mal movimiento, Bill se enredó con sus propios pies y cayó en los brazos de Tom, quien le sujetó con fuerzas y lo apretó contra su pecho. La respiración del pelinegro se agitó y sus mejillas se tiñeron de un rosa que lucía adorable en él. Tom no dejó de verle ni un solo instante y se acercó a su boca lentamente. Bill parecía hipnotizado por el piercing del trenzado que se acercaba peligrosamente a sus labios, hasta que la poca cordura que le quedaba se manifestó.

¡No! —Gritó y saltó de entre los brazos del mayor, poniéndose de pie.

Lo siento —Se disculpó el demonio, parándose al lado del moreno—. Lo siento, Bill.

Tom… yo no… no debemos… eres hombre —Tartamudeó, pero sin duda, trataba de que esas palabras entraran en su propia cabeza. Tom, al ver el rostro aterrado del pelinegro atinó sólo a seguir pidiendo perdón.

Bill, bebimos mucho, es sólo eso, ve a dormir, yo limpiaré todo —Bill movía negativamente la cabeza, no podía creer lo que había estado a punto de suceder, hasta que Tom lo sujetó por los hombros—. Olvídalo, ¿sí? No pasó nada… somos amigos —Bill asintió y con los ojos llenos de lágrimas caminó a su habitación—. Soy un idiota —susurró Tom estando a solas.

«Él no está preparado» Pensó llevando sus manos a la cara, totalmente frustrado.

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Al otro lado de la ciudad, un reverendo se limpiaba el sudor de la frente al leer un cartel, que mostraba la fotografía de su hijo. Maldijo por lo bajo y marcó a su celular. La llamada no entraba, así que decidió simplemente mandar un mensaje de texto.

Te quiero mañana en casa. Papá”

& Continuará &

Oh, oh… Bill tendrá problemas con el obispo ¿Qué hará al respecto? ¿Podrá olvidarse del “casi beso” que se iba a dar con Tom? ¿Y el Incubus le visitará de noche? Todo esto y más en el siguiente capítulo.

Escritora del fandom

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