Feliz Cumpleaños, Pumba

Feliz Cumpleaños, Pumba

Pumba soltó un gran bostezo, haciendo sonreír a sus padres que lo observaban con cariño. Durkas se acercó a él y le dio un lametón en la arrugada frentecita.

—¿Por qué no descansas un rato, hermanito?

—Es que mis invitados pueden llegar en cualquier momento y no quiero perderme nada —respondió emocionado. Desde que papi Bill le contó que celebrarían su primer año de vida, el cachorro no había parado de mirar por la ventana o acercarse a la puerta, para recibir a sus invitados.

—Pumbi, ven aquí —llamó papi Tom con la voz infantil que usaba para hablar con él.

El perrito corrió con sus patitas cortas y se elevó, sujetándose en las rodillas del barbudo.

—Ven, pequeño —dijo y lo levantó, para ponerlo en su regazo y acariciar su panza. El perrito se dejó hacer y poco a poco sus párpados se fueron cerrando.

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Unas risas familiares despertaron al festejado, quien sonrió de pura emoción. Abrió los ojos y alzó la cabeza. Ya no estaba en el regazo de papi Tom, sino en la comodidad de su cojín favorito y sus amigos entraban a la sala con Durkas.

—Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David, hoy por ser tu cumpleaños te las cantamos a ti. Despierta, querido Pumba, mira que ya amaneció la, la, la —Cantó felizmente el perrito oscuro.

—Creo que ese tema es para otra festividad, querido primo —corrigió Oliver.

Rafael ladeó la cabeza, confundido, él habría jurado que era el tema perfecto para sorprender al cachorro. Pero luego una sonrisa iluminó su cara, pues recordó otra canción que le podría servir.

—No seamos jiles, thriller at night  —Cantó efusivamente, sin coordinar la pronunciación ni el baile que estaba realizando.

Pumba estalló en risotadas, mientras que los dos perritos bicolores, se cubrían la cara con una pata, demasiado mortificados como para decir algo.

Cuando Rafael terminó su tema con un gran aullido, se fijó en que todos los ojos estaban puestos en él. En lugar de sonrojarse, simplemente inclinó las patitas delanteras, como si hiciera una reverencia y dijo—. Pos admírenme que es gratis.

—Gracias, amigo —dijo Pumba, acercándose hasta su colega para darle un besito perruno—, pero ese tema de Michael Jackson es para Halloween.

—Oh —respondió el otro, alzándose de hombros—. Pero tengo habilidades para el canto, ¿no crees? Pienso que tus papis deberían contratarme como asesor musical, o para ayudarlos con los coros.

—Mejor pasemos al jardín —sugirió Durkas, para cambiar de tema.

Bill estaba muy pegado de Tom, tratando de tomarse una selfie con él para su IG, pero el barbudo lo esquivaba con cosquillas, causando las risas y gritos del rubio.

—Parecen un par de críos —dijo tío Andy entrando con una bandeja y tres bebidas en ella—. Tomen esto para pasar el calor.

—Gracias —respondieron los gemelos al unísono.

—Que simpática es la señora de Alex —comentó el platinado, dando un sorbo a su trago—. Lástima que esté con ese patán.

El elegante perrito blanco de orejas negras se acercó al tío Andy y agitó la colita—. Tiene mucha razón, estimado humano de cabello resplandeciente como el sol.

—Mira que cosita tan bella. —Andy cogió al pequeño en sus brazos y rascó detrás de sus orejitas—. Debería adoptarte, ¿pero quién cuidaría a tu querida madre?

—Que humano tan considerado —respondió Oliver en su lenguaje perruno—. No te preocupes, Rafael y yo moderemos al humano Alex si trata mal a mamá.

—¡Oye, Oliver!  —Gritó Rafael desde el suelo, pero solo se escuchó como un leve ladrido—. Es Pumba el festejado, así que deja de hacerte el tierno y ¡ven a celebrar! —Giró, tratando de cazar su propia cola. Los gemelos rieron ante su proeza.

Se escuchó el timbre y papi Tom se ahogó con su bebida—. ¡Oh, no!

Pumba paró las orejitas, no le gustaba cuando sus papis se tensaban, menos por las visitas, pero sus invitados ya estaban allí, entonces ¿quién podría ser?

—Espera, mejor yo abro  —dijo Andy, dejando su vaso en la mesa.

Pumba caminó detrás de las piernas de su tío, hasta que llegaron a la puerta. Una sensación de malestar le invadió la pancita cuando reconoció la cara de la desmemoriada.

—Hola Andreas. ¿Dónde está mi hombre? —Preguntó la pelirroja, entrando con prepotencia a la sala.

—Si hablas de Tom, está en el jardín —respondió.

—Hazte a un lado, que mi hermosa perrita viene conmigo —anunció la mujer, tirando de una correa negra.

Pumba casi pierde la mandíbula al ver al ejemplar negro que entraba junto a la detestable humana. La perrita tenía la nariz alzada y arrugada, como si no le gustara el aroma del ambiente.

—Hola. —Saludó con energía. No podía creer que esa humana tan pesada tuviera una mascota—. Soy Pumba, ¿cómo te llamas?

—Soy la perra de Ría  —respondió ella, como si eso fuera obvio.

El bulldog ladeó la cabeza y reiteró su pregunta—. ¿Pero cuál es tu nombre?

—¿Eres idiota o qué?

—Okey… —dijo Pumba, retirándose y regresando al jardín, preocupado porque estas visitas arruinaran su fiesta de cumpleaños.

Corrió a toda la velocidad que sus cortas patitas le permitían—. ¡GUAU!  ¡AYUDA!  —Gritó.

—Colega, ¿qué pasa? —Rafael, fue el primero en llegar a su lado.

—Te-tenemos problemas —respondió casi sin aliento.

—¿Por qué, compadre? ¿Se acabaron las galletas del cuchi-cuchi? —La cara de Rafael mostró que estaba a punto de caer en un ataque de pánico.

—Tranquilo, comida hay de sobra —comentó Durkas, evitando que su adversario muriera de un paro cardiaco—. ¿Qué sucede, Pumba?

—Está aquí —dijo el festejado con los ojitos brillantes.

—¿Quién?  —Insistió Rafael.

—¡La perra de Ría!  —Los tres perritos estallaron en risotadas.

—Está bien que no quieras a la desmemoriada, Pumba, pero no la llames “perra”, pobre mujer. —El perrito oscuro giraba por el suelo.

—¡Están felices!  —Exclamó papi Bill, pero la sonrisa desapareció de su rostro en cuanto la pelirroja atravesó la puerta de cristal.

—Hola, Tom —Saludó la mujer, pegándose al gemelo mayor.

—Ah, hola Ría —Saludó por compromiso.

Mientras los humanos trataban de ser amables y no mostrar abiertamente su desagrado por la mujer, los perritos vivían su propio suplicio.

—¡Santo huesito de Pascua!  —Exclamó el perrito oscuro, parando de reír—. Era cierto. Ría es una perra.

—No idiota —corrigió el moteado—, es la perra de Ría.

La perrita negra miró a las demás mascotas y se lamió una pata, como haciéndose la interesante. Arrugando la nariz, para demostrar su incomodidad.

Rafael, se levantó del pasto y fue hasta ella con una sonrisa canina—. Hola, linda.

—Aléjate de mí, roto mal educado.

Oliver arrugó el ceño y se acercó hasta su primo—. Ven con nosotros, querido ser de mi consanguinidad, nosotros si deseamos poder gozar del placer de tu compañía.

Los perritos trataron de ignorar a la perra de Ría, pero ella hacía comentarios mordaces sobre cualquier actividad que querían realizar. Finalmente, Pumba no soportó más sus faltas de respeto y caminó directamente hacia ella.

—¿Podrías hacer el favor de callarte? Esta es MI fiesta de cumpleaños y tú la estás arruinando —dijo molesto.

Durkas sonrió orgulloso del pequeñín, pero no se esperó la respuesta de la hembra.

—Tú, eres solo un perro de juguete, no puedes hacerme callar.

—¿Qué? —Pumba estaba impactado. Y los otros tres canes se ubicaron detrás de él, para ofrecerle apoyo moral.

—Te vi, hoy saliste en las noticias. Eres “Pumba el peluche” —dijo con tono burlón—. Solo eres un perro farandulero, no vales nada.

—¡Eso no lo permito!  —Durkas dio un fuerte ladrido. Tan ruidoso que la perra de Ría retrocedió asustada y no se dio cuenta que iba directo a la piscina.

Un sonoro “splash” alertó a los humanos que lo único que querían era despedir a la mujer. Sin dudarlo, giraron en dirección a la piscina y vieron a la bola de pelo, nadando junto a la orilla.

—¡Oh, mi perrita!  —Gritó Ría, corriendo hacia ella. Iba a tomarla, pero al final retiró las manos—. ¡Me voy a mojar!

—Oh, por Dios, ¿puede ser más ridícula esta mujer? —susurró Bill.

—Yo la cojo. —Se ofreció Andy, dando pasos seguros hacia el agua y retirando a la perrita de allí—. Tiene frío, mira como tirita. Creo que por su salud, deberías llevarla a casa y meterla en una cama caliente.

—Tienes razón —dijo ella, caminando hacia la sala.

—Yo llevaré a tu mascota  —dijo tío Andy, todavía cargando a la perrita negra.

—Durkas…  —Se oyó un susurró de admiración. El perro moteado giró, esperando ver a su hermano pequeño, pero rodó los ojos al ver que era Rafael, mirándolo con los ojos brillantes y soñadores—. Eres mi héroe.

—Parece que su rivalidad se ha convertido en admiración —dijo Pumba sonriendo.

—Tal parece que así es, mi estimado perro de raza europea, como dicen los entendidos “del amor al odio hay solo un paso y viceversa” —agregó Oliver, ubicándose junto al festejado.

—¡Por fin se ha ido!  —Gritó tío Andy, de vuelta en el jardín.

—¡GUAU!  —Ladró de gusto Pumba.

—¡Por fin!  —Gritó papi Bill, corriendo hasta su pequeño—. Ahora podemos abrir los regalos.

—¡GUAU!  —respondió ansioso el perrito.

—¡Sí, regalos, regalos!  —Rafael, corrió y en un segundo estaba junto a Pumba, listo para ver los nuevos obsequios.

—¿De verdad tu primo tiene tu edad, Oliver? —Preguntó Durkas, mirando a los otros dos.

—Algunas veces pienso que mi estimado primo, fue adoptado —contestó el perrito blanco, con una sonrisa maligna, de las que Durkas pocas veces veía. Al final, ambos rieron sin parar.

Papi Tom se puso tras papi Bill y agitó una caja grande. Pumba ladró y correteó entre sus piernas, deseando ver que había dentro.

—¡Ya quiero ver!  —Exclamó Rafael, sentándose junto a papi Bill, cuando decidieron abrir la caja.

El rubio quitó el papel y el moño que la adornaban, para luego abrirla. Sacó de su interior un hermoso clon de Pumba, con la diferencia, de que estaba hecho de felpa.

—Es un peluche. —El asombro en la voz de Oliver y el brillo en sus ojos, le dio a entender a Durkas su fascinación por el regalo.

—Es tan bonito… —Rafael, literalmente rodó por el suelo.

Pero la reacción de Pumba fue diferente. Agachó su cabecita y cubrió su hociquito con una pata.

—La perra de Ría tenía razón, soy un perro de juguete.

El corazón de Durkas se apretó, quiso correr hasta su hermanito, pero sus padres se adelantaron, así que los dejó hablar.

—Quedó realmente hermoso, ¿no crees? —dijo papi Tom, sentándose junto a Bill en el pasto—. Dan ganas de abrazarlo, igual que nosotros queremos abrazarte a ti cada vez que te vemos.

—Sabes que hay muchas personas que ven nuestras fotos familiares —agregó papi Bill—pero no todas ellas tienen la posibilidad de tener a un adorable Pumba como tú, es por eso que quisimos crear este peluche, para todos los aliens que te aman tanto como nosotros te amamos a ti.

—¿De verdad lo hicieron por eso? ¿No creen que soy un perro de juguete? —Pumba levantó la carita y se acercó al peluche. Era muy suave y blandito al tacto, tan abrazable, hasta él mismo quiso darle un apapacho.

—Es perfecto, igual a cuando Pumba era un bebé. ¿Se acuerdan? —Preguntó tío Andy y los gemelos Kaulitz, empezaron a recordar anécdotas con sus mascotas, tomaron nuevas fotografías y miraron las antiguas que estaban grabadas en sus celulares. En resumen, fue un día perfecto.

Ya de noche, Pumba bostezó sonoramente, se acurrucó en su cojín favorito y estiró una patita para sentir la suavidad de su clon de felpa.

—Buenas noches, Durkas.

—Que descanses, Pumba. Sueña con los angelitos y con tu nuevo amiguito.

&   FIN   &

Espero les haya gustado. Fue cortito, tal vez en el fic haga referencia al peluche de Pumba que los Kaulitz piensan lanzar.

Escritora del fandom

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