Gula

«GULA»

Muy lentamente, el trenzado se desprendió de su última prenda de vestir, mostrando la endurecida masculinidad que se meció por el movimiento de sus piernas. Toda su área pélvica estaba completamente libre de vello, luciendo un color hermoso y brillante.

Ya sin tanta calma, el joven guió la mano hasta su miembro, envolviéndolo con los dedos y comenzando un movimiento regular, acompañado de roncos jadeos.

Mhmh. —Otro jadeo se oyó justo delante del trenzado—. Te ves tan bien haciendo eso —dijo seductoramente el pelinegro, lamiendo sus labios, deseoso de probar su nuevo manjar—. Pero date prisa, me muero de hambre.

Tom aceleró el ritmo de su mano y se acercó más al joven, notando el momento justo en que el orgasmo llegaba a su cuerpo. Bill acercó el plato, bellamente adornado y lo empapó con el semen de su mayordomo, lamiéndose los labios con deleite.

Al terminar de vaciar su carne, Tom se alejó de la mesa y procedió a limpiarse y vestirse. Bill continuaba emitiendo sonidos placenteros y sin poder evitarlo, el trenzado volvió a semi empalmarse. Llevó la vista hacia el hermoso pelinegro y lo vio disfrutar de un caviar exclusivo, embetunado con su propio semen.

Tom, ven acá —llamó el jefe, haciendo una señal con la mano.

El mayordomo caminó hasta él y con rostro impávido, preguntó—. ¿Desea algo más, mi señor?

Sí —respondió el chico, derrochando sexo en su tono de voz—. Te deseo a ti.

Como guste, mi amo.

Tom ofreció su mano, la que fue rápidamente aceptada por su jefe. Caminaron así hasta la cama y procedieron a besarse lascivamente.

Eres tan delicioso, Tom. Eres lo mejor que he probado nunca. —Y con esas palabras, la bizarra pareja se unificó carnalmente.

&

Bill Kaulitz era un excéntrico millonario con un refinado gusto al paladar. De hecho, era reconocido entre los grandes magnates de Europa, por sus estrafalarias peticiones a la hora de comer.

El hermoso y delgado pelinegro, tenía un singular gusto por las comidas exóticas, pero eso no era todo. Habiendo desarrollado esa fascinación por la comida, a sus cortos 18 años, ya había probado la mayor parte de los bocados considerados delicatesen del mundo, por tanto, ahora buscaba formas de exaltar su paladar, tomando las mejores recetas, mezclándolas con esencias únicas.

Fue esa la razón por la que constantemente buscaba nuevos mayordomos, quienes estuvieran dispuestos a servirle no solo en sus necesidades básicas, sino también, que fueran capaces de cumplir con sus extravagancias sin cuestionar sus órdenes.

Muchos jóvenes estuvieron antes de llegar al hombre ideal, Tom. El trenzado no solo era guapo, sino que parecía disfrutar tanto de los placeres del paladar, como el mismo Bill lo hacía, solo que de forma un tanto diferente, pues Tom probaba los manjares, una vez que pasaban por la boca de su jefe.

Bill comenzó a probar la fortaleza de su nuevo mayordomo trenzado con peticiones comunes, como “consígueme ojos de monos bebé, para la sopa de esta noche”. Tom arrugaba el ceño con las primeras órdenes, pero poco a poco fue recibiendo cada nueva instrucción como un desafío para él mismo, pues se aseguraba de conseguir todo lo que el pelinegro pedía en tiempo record. De más está decir que Tom tenía acceso a una cuenta corriente con una gran cantidad de “ceros” para poder gastar en nombre de su nuevo amo. Aunque el dinero no era realmente importante para el mayordomo.

Habiendo pasado tan solo una semana en su nuevo puesto de trabajo, el chico había formado un vínculo secreto con su jefe, un lazo morboso que le impelía a complacer al millonario no solo con sus platos excéntricos, sino con una cuota extra, algo que fuera único y solo suyo.

Bastó solo una insinuación y Bill ya se había metido en su cama, probándolo a él, como uno de sus platos predilectos. Desde entonces, el pelinegro no contento con sus extravagantes aperitivos, los sazonaba con la blanca semilla de su mayordomo.

&

Bill estaba de malas, había recibido una notificación de su padre, pidiéndole que visitara al médico familiar, era una revisión de rutina a la que debía someterse una vez por año, dado su notorio estado de delgadez. Odiaba las clínicas y los lugares extremadamente blancos y con olor a desinfectante.

¿Ocurre algo? —Preguntó el trenzado, depositando la charola de plata hermosamente decorada sobre la mesa de la habitación de su jefe.

No tengo hambre, Tom. Puedes llevarte todo —dijo a modo de respuesta.

Sí, señor —contestó el mayordomo, conociendo su posición y se retiró con todo.

Sin embargo, luego de media hora, llamó nuevamente a la puerta del millonario, cargando una bolsita de dulces comunes y corrientes. Era una ofrenda de paz para calmar la angustia del corazón de su niño mimado.

Pasa Tom —llamó Bill desde el interior. Sabía que el único que se atrevería a tocar su puerta en medio de la noche, era su hombre de confianza.

Permiso —susurró el trenzado, entrando al lugar rodeado de penumbras, cerrando la puerta tras de sí.

¿Qué quieres?

Estoy un poco preocupado por las calorías que no ha ingerido este día y me gustaría que las repusiera comiendo estos dulces —respondió como un profesional, pero sentándose en la cama con la confianza de un amigo.

¿Dulces, eh? —Bill sonrió—. No me gustan los dulces.

Pero yo podría hacer que te gustaran —comentó con una sonrisa coqueta.

¿De verdad crees que podrás?

Podría intentarlo.

Ven aquí, Tom.

Bill cogió al trenzado por el cuello y lo dejó sin aliento con un beso intenso, mientras lentamente lo despojaba de sus ropas.

Como siempre, Tom se dejó hacer, mientras su miembro se endurecía con la fricción que el más delgado ejercía sobre él. Lo sintió ponerse a horcajadas sobre su cuerpo, mientras también se desvestía por completo.

Dame el dulce que más me gusta, Tom. —Mandó Bill, bajando por el vientre del mayordomo para coger la palpitante masculinidad en su boca, mientras Tom, sacaba una de las comitas de oso y la metía en la boca del otro, sintiendo como lengua y dulce rozaban su longitud.

Aahh. —Gimió, presa del deseo y el exótico placer que esta mezcla le provocaba.

Bill entró en su cuerpo, mientras Tom seguía alimentándolo con dulces, cada vez que el moreno abría la boca para gemir su nombre. Antes de terminar, Tom cambió los roles y penetró a su jefe a gusto, mientras con su propia boca, le daba de comer las gomitas que estaban a punto de vaciar el paquete.

Tras el clímax, los jóvenes se recostaron mirando el techo, no había mayores sentimientos entre ellos, más que el deseo de satisfacer sus singulares deseos. Pero aquel día, Bill se acurrucó contra el cuerpo de Tom, poniendo su cabeza en el pecho del otro, suspirando tristemente.

¿Qué ocurre? —Tom repitió la pregunta de horas atrás—. ¿Por qué estás tan preocupado?

Debo ir al doctor mañana —respondió, tensando todo el cuerpo

Hey… —Tom lo abrazó tiernamente y acarició su espalda—. Eso no es tan malo.

Sí lo es…

¿Por qué?

Bill relató un evento que sucedió en su niñez, cuando se infectó el colón con una larva y tuvieron que extirparle gran parte del intestino, cosa que influyó en su complexión tan delgada. Recordó el dolor extremadamente intenso que sintió posteriormente de la operación y cómo tuvo que abstenerse de comer cualquier cosa sólida por dos meses, quedando casi en los huesos.

Tom escuchó en silencio y continuó con sus caricias en los brazos y espalda del millonario. Ahora podía vislumbrar de dónde provenía el deseo de comer que tenía su jefe y sintió más ansias de cuidarlo y protegerlo.

Yo iré contigo mañana —dijo Tom, dando un pequeño beso en la frente del otro.

No es necesario, el chofer me llevará.

No será ninguna obligación, no lo haré como mayordomo, lo haré como Tom.

Bill alzó la mirada y sus ojos mostraron un hermoso brillo al otro—. Gracias.

Ahora duerme, que debes descansar. —hizo un ademán de levantarse, pero el agarre del pelinegro se apretó.

Quédate conmigo, Tom.

Siempre estaré a tu lado, Bill. —Cerró las distancias y dejó un suave beso en sus labios.

Sintió como la respiración de su jefe se volvía pesada, clara señal de que dormía plácidamente. Él sin embargo, meditaba en lo que había escuchado. Bill no era solo un niño rico que buscaba atención mediante la gula de alimentos refinados, tenía miedo, un miedo aterrador a las comidas que podrían enfermarlo como en su niñez. ¿Y qué hacía al respecto? Las enfrentaba comiendo los platos más extraños del mundo. Bill era admirable y ahora el vínculo morboso, se había roto, creando una nueva conexión entre ellos, una de lealtad y devoción de sirviente a jefe. No, era más que eso, eran amigos.

&

Tom aguardaba en la sala de espera a que su jefe saliera de la consulta. Le habían tomado varias muestras de sangre y le practicaron exámenes comunes para velar por el bienestar del joven.

Tom —llamó el pelinegro abriendo la puerta.

¿Ya terminaste?

Sí, pero debo esperar cerca de una hora para ver los resultados o venir mañana. —Hizo una mueca ante la sola idea de regresar a ese horrible lugar.

Entonces te invito un café. —Sugirió el trenzado, estirando su mano, la cual fue recibida gustosamente.

Tras recibir sus tazas, se sentaron en la cafetería de la clínica. Bill no quería mirar hacia ninguna parte, así que enfocó la vista en su guapo mayordomo y se lamió los labios.

Como desearía poner de tu crema en mi café —dijo con un tono sensual que hizo sonreír a Tom, quien tomó su mano y la acarició con el pulgar.

Cuando lleguemos a casa voy a complacer todos tus caprichos, Bill.

El pelinegro sonrió y dio un sorbo a su bebida, limpiando la crema con su lengua. Tom lo observó fijamente y estuvo a punto de gemir, imaginando como esa hermosa carne rosada podría limpiar la crema de su miembro.

¿Ves algo que te gusta? —Preguntó el millonario con su tono sexy.

Creo que te podría comer aquí mismo, Bill.

Pero el postre sabe mejor en la cama, ¿no crees?

Claro.

Trataron de cambiar de tema, pero parecía que lo único que estaba en sus mentes era la comida y la forma en que podrían mezclarla con sus cuerpos.

Finalmente, entre bromas e insinuaciones, la hora de espera terminó y ambos estaban de regreso en el despacho del doctor familiar de los Kaulitz.

Tom… ¿podrías entrar conmigo? —Pidió el pelinegro, sintiéndose extremadamente nervioso.

Por supuesto —respondió el trenzado, cogiendo su mano para darle fuerza.

Tomaron asiento y el médico miró a su paciente y luego al otro joven, arrugando el ceño.

Han llegado los resultados de los exámenes —anunció y comenzó a abrir los documentos. Tras revisarlos detalladamente, el hombre se puso muy serio y dijo—. Me temo que tendremos que repetir unas muestras.

¿Qué? ¿Por qué? —Bill se alteró de inmediato.

¿Ocurre algo malo, doctor? —Preguntó Tom, sintiendo la tensión de Bill en su propio cuerpo.

Al parecer hay unos registros elevados y me gustaría tomar una nueva muestra, solo para estar seguros —contestó el médico—. No deben alarmarse.

Está bien. ¿Cuándo tomarán las muestras? —Pidió saber el pelinegro.

Mañana si es posible.

Está bien —respondió el pelinegro tembloroso—. Tom, sácame de aquí. —La sensación de angustia del moreno fue amortiguada por el cálido abrazo que recibió de su mayordomo, aun en frente del médico.

Tranquilo, todo estará bien.

.

Pero no estaba bien y Tom lo sabía, así que apenas hubo llegado a casa, llevó a Bill a su habitación y lo obligó a dormir un poco, aprovechando esa oportunidad para llamar al doctor y preguntar directamente qué estaba ocurriendo, cuáles eran las dudas que tenía sobre la salud de su jefe. Lamentablemente, el hombre se negó a entregar mayor información, alegando que era secreto profesional y que solo hablaría con el joven Kaulitz en persona, cosa que alteró todavía más al trenzado.

Esa noche, los jóvenes compartieron una deliciosa cena de verduras de Indonesia, mientras se comían a besos. Cualquiera que hubiese presenciado tal escena, habría pensado que estaban mal de la cabeza, o que simplemente era asqueroso, pero ellos no sentían prejuicios sobre lo que hacían, porque era un acto de placer y amor puro por los alimentos y el deleite que generaba en sus paladares, cosa que exaltaba su apetito sexual y los llevaba a terminar sus comidas con sexo.

Al igual que la noche anterior, Bill demostró su vulnerabilidad, acurrucándose junto al cuerpo del mayordomo, quien lo recibió entre sus brazos, con palabras de cariño y suaves susurros.

No te preocupes, Bill, yo estoy aquí. Nada saldrá mal.

Pero ¿y si algo malo llegara a pasar, Tom?

Déjalo todo en mis manos. No sufrirás nunca más, yo me encargaré de todo…

Y con esa promesa, ambos se dejaron llevar por el cansancio y el sueño.

A la mañana siguiente, muy temprano y con mucha ternura, Tom despertó a su jefe para la nueva salida a la clínica. Con gruñidos y protestas, Bill aceptó el trato cordial del trenzado y salió con él.

Nuevamente, tomaron muestras de sangre y agregaron extracción de tejido, cosa que fue más dolorosa que la visita previa. Bill se sentía delicado y Tom optó por llevarlo al coche y darle arrumacos, mientras esperaban los resultados.

Dos horas después, los jóvenes estaban nuevamente frente al médico, quien no fingió la preocupación que se instaló en sus facciones.

Díganos doctor, ¿cómo han salido los resultados? —Preguntó Tom, notando la intranquilidad del pelinegro.

Les pido un momento de paciencia, esperamos la visita de alguien más —respondió el hombre.

Justo en esos instantes, la puerta se abrió de forma abrupta, mostrando a un hombre alto, con expresiones finas. Por las fotografías que había visto, Tom supo que se trataba de Jorg Kaulitz, el padre de Bill.

¡Papá! —Exclamó el moreno, levantándose—. ¿Qué haces aquí?

El doctor me llamó para informarme de los resultados de tus análisis —contestó fríamente el mayor, desviando la mirada al mayordomo—. ¿Quién es él?

Él trabaja para mí, es mi asistente personal —dijo Bill, tratando de no tartamudear ante la mirada impasible de su padre.

Puedes retirarte, joven, esto es un asunto familiar. —Mandó Jorg, dando una mirada rápida a su reloj.

Tom se levantó, pero en lugar de retirarse, se situó junto a su jefe y dijo, alto y fuerte—. Me va a disculpar, señor Kaulitz, pero estoy contratado por su hijo y solo obedezco sus órdenes. Él me pidió estar aquí hoy y aquí me quedaré, a su lado.

Señores, por favor —intervino el médico—. El asunto que nos concierne es mucho más importante que el alegar sobre quién debe estar aquí y quién no. Así que por favor, tomen asiento.

Los dos Kaulitz se sentaron en los sillones, frente al escritorio y Tom se ubicó detrás de Bill, tocando sus hombros en señal de apoyo.

El médico se refirió a los números y porcentajes de los análisis recién tomados, pero lo que finalmente captó la atención de todos fue el pronóstico final.

Cáncer estomacal…

El mundo de Bill dejó de sonar, todo ruido desapareció, sus oídos solo tenían un pitido intenso que no lo dejaba entender nada más. La boca de su padre y el doctor se movían velozmente, pero ya no había nada que hacer. Trastabillando, se levantó y caminó hasta la puerta, donde Tom sostuvo su mano y lo guió por el pasillo, de regreso al vehículo y a casa.

Apenas llegaron, Bill sintió la necesidad de abrazar a Tom. Lloró en su pecho y se dejó acariciar por él.

Voy a morir —susurró con calma, después de haber desgarrado su garganta con el llanto.

Sí —respondió su mayordomo.

Voy a sufrir. —Afirmó, temblando entre los brazos de Tom.

No —contestó el otro con la misma seguridad.

Bill alzó la cabeza y lo miró con un brillo diferente en los ojos—. ¿Cómo lo sabes?

Porque te lo prometí. Yo te cuidaré y no vas a sufrir. —Bill solo asintió.

&

Jorg apareció en casa de Bill varias horas más tarde, con el semblante igual de frío y con la voz crispada de los nervios. Se sorprendió de ver que su hijo estaba muy calmado, tomando un té helado y unos pasteles comunes y corrientes en compañía de su criado.

Ya tenemos todo arreglado, Bill —dijo el hombre, aceptando la taza de té que Tom le servía—. Mañana mismo te vas a internar en el centro clínico de Hamburgo para que recibas una terapia adecuada.

¿Terapia? —Preguntó Bill, sin alterarse, confiaba en Tom y sabía que podrían seguir adelante con sus planes, sin hacer caso de su padre y sus imposiciones.

Sí, te harán quimioterapia y te pondrán tratamientos experimentales que podrán ayudarte con tu condición.

¿Experimentales? —Repitió el pelinegro arrugando el ceño.

Tú no te preocupes por nada. Mañana vendremos por ti a las nueve. —Elevó la mirada a Tom y ordenó—. Asegúrate de tener su maleta lista para entonces.

Ya le dije, señor…

Calma, Tom. —Pidió Bill, no había necesidad de caer en el juego de su padre—. Estaré listo, gracias papá. Ahora si me disculpas, me gustaría descansar un rato.

Jorg abandonó el lugar, dejando a Bill sorprendido y enojado.

¿Qué clase de padre es él? —Gruñó Tom, rodeando los hombros del pelinegro.

Siempre ha sido así, por eso me vine a vivir solo.

Al sentir la tensión en el ambiente, el trenzado dijo—. Voy a preparar todo para esta noche, Bill, así que te voy a llevar a la tina, para que te des un baño relajante, ¿estás de acuerdo?

El pelinegro asintió y se dejó guiar por el mayordomo.

&

Por la noche, la pareja se reunió en la habitación y se amaron apasionadamente. Tom explotó dentro del cuerpo del pelinegro en el mismo instante en que la húmeda semilla del otro llenó su mano. Sus respiraciones agitadas y sus frentes sudorosas, eran las señales de su entrega.

¿Cómo te sientes? —Preguntó Tom, besando la frente de su jefe.

Nunca me había sentido tan vivo —respondió con una sonrisa.

Tengo algo para ti.

Bill alzó las cejas—. ¿Un regalo?

Una delicia —agregó el otro, levantándose de la cama, para retirar la cubierta de la charola de plata, dejando a la vista dos hermosas copas de mouse.

Oh, hace mucho que no como uno de esos —dijo Bill con un extraño brillo en sus ojos.

Este te encantará, es una receta casera de mi madre —comentó Tom, acercándose con las copas—. Toma.

Bill se sentó en la cama y recibió con la boca abierta, la cuchara llena que le sirvió su mayordomo. Después de probarla, tomó la misma cuchara y le dio en la boca a Tom, quien lo aceptó con una grata sonrisa.

¿Te parece bien o está muy empalagoso?

Está delicioso, como tú, Tom —respondió el pelinegro.

Comieron todo el postre y se recostaron nuevamente en la cama. Tom se acomodó para abrazar al más delgado y besó su frente—. ¿Cómo te sientes?

Tengo mucho sueño.

Entonces duerme, todo estará bien. Yo estoy contigo, para siempre…

Ambos cerraron los ojos con la confianza de tenerse cerca y se durmieron para no volver a despertar jamás. Tom cumplió su promesa, Bill moriría, pero no sufriría. Utilizó el recurso que ambos amaban, la comida, para disfrazar un potente veneno y apartarlos de este mundo extraño y frío. Esa era su forma de hacerle ver que nunca lo defraudaría, era su lazo y última muestra de lealtad.

& FIN &

MizukyChan: ¿Gustó? En un principio creí que muchas se sentirían asqueadas por las mezclas que hacía Bill con los fluidos de Tom >///< pero si llegaron hasta aquí, veo que no pasó. Gracias por la visita. Pronto tendremos más pecados capitales.

Escritora del fandom

4 Comments

  1. No es lo más raro que e leído pero si estuvo interesante

    • Me alegra saber eso. Gracias por leer y comentar.

  2. Hace mucho no leía cosas así pero la verdad me gusto, entre la sinopsis y el banner me entro mucha curiosidad y acá estoy, en el final. Besos linda! Buen trabajo😊👍

    • Me alegro mucho que te gustara.
      No todas las historias fueron escritas por mi, hay varias de Aura, te invito a leerlas todas, para que te diviertas con ellas. MUAK

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *