Pereza

PEREZA

Bill estaba agotado, se sentó en el piso justo cuando el nuevo empelado entraba a cambiarse.

¿Bill, estás bien? —Preguntó, agachándose junto al pelinegro.

Sí, solo estoy un poco cansado —respondió el otro, tratando de darle una sonrisa.

¿Qué te queda por hacer? —Volvió a preguntar Tom.

Voy a limpiar los baños y acabo por la noche.

Quédate aquí, yo lo haré por ti.

Pero…

Tranquilo, yo ya terminé, te echaré una mano.

Gracias. —Fue lo único que pudo decir el moreno. Estaba realmente exhausto.

Ese era el tercer turno que había tomado extra en la semana y solo era miércoles, si continuaba así, moriría de agotamiento.

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Tom había entrado esa semana al trabajo, quería tener unos ingresos extras para agregar tunings a su hermoso Cadillac Escalade, pero desde que empezó a trabajar en el restaurant no pudo evitar sentirse atraído por el lindo pelinegro que se esforzaba sin descanso.

Al terminar de ayudarlo y ver que ambos acababan por ese día, decidió llevarlo a casa, después de todo, para eso tenía su auto—. ¿Quieres que te lleve?

No quiero ser más molestia por esta noche, Tom —respondió sonrojado.

Vamos, estás cansado y el auto está afuera. —Puso su sonrisa coqueta y lo convenció.

Ok, gracias.

Mientras conducía, Bill le contó a Tom la razón de sus agotadoras rondas en el restaurant.

Hace un año, mi madre y su hermana tuvieron un accidente en auto, ambas murieron y mi primo Georg, quien conducía quedó muy mal. Sufre una parálisis desde cuello hacia abajo, solo puede mover la cabeza y el brazo derecho. La casa de mi tía estaba hipotecada y el banco la expropió apenas falleció, así que tomé a Geo y lo llevé a vivir conmigo. Desde entonces tomé este segundo empleo, aparte de las horas que hago en el supermercado por las mañanas.

Con razón estás exhausto —dijo Tom, mirando de reojo al moreno a su lado—. ¿No hay nadie que te ayude con él?

Económicamente, no. Pero un ex compañero de la escuela de Geo lo va a asear todos los días por la mañana y por la noche, lo cual es un gran alivio, porque mírame, soy muy flaco y no puedo con él.

Tom sonrió, pero por dentro sintió lástima y admiración por Bill—. Creo que esta es la calle.

Sí, justo ahí, la casa verde. —Bill señaló el lugar y el otro se detuvo—. Muchas gracias por traerme, Tom.

Nos veremos mañana, descansa. —Se despidieron con un extraño semi abrazo y el pelinegro bajó rápidamente del coche.

Al entrar en la casa oyó la voz de su primo llamándolo—. ¿Bill, eres tú?

Sí, Geo. ¿Qué haces despierto tan tarde? —Preguntó entrando a su cuarto.

Veo televisión, es un poco aburrido aquí.

Lo sé, lo siento. ¿Quieres que acomode tus almohadas?

Nah, estoy bien. Te ves contento, Bill, ¿pasó algo?

Nada en especial, solo me ayudaron un poco en el trabajo. Ahora me voy a dormir.

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Al día siguiente, Tom pidió compartir los mismos horarios que Bill, para tratar de ayudarlo lo más posible. Y si debía ser sincero, le atraía mucho. Cada vez que estaba cerca de él o tenían algún break para beber un café, le pedía que le contara más de su vida, de sus gustos y de sus sueños. Y como resultado, al final de la semana, creía estar completamente enamorado del pelinegro.

El domingo, Bill había tomado un turno extra, porque se había quedado sin dinero para la locomoción de la semana. Tom había escuchado el motivo que el chico le había dado al jefe y apretó los puños, decidiendo llevarlo cada día de regreso a casa.

¿Bill? —Lo llamó al dejar la oficina del jefe—. ¿Quieres salir conmigo el domingo?

El pelinegro se sonrojó, hacía tanto que nadie lo invitaba a salir, que era extraño y halagador para él, sin embargo, no podía—. Lo siento, Tom. Tengo que trabajar.

Te esperaré. ¿Qué turno tienes?

El de medio día.

Entonces estarás libre a las cinco. —Bill asintió—. Nos vemos entonces. Ahora vamos a trabajar.

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El domingo siguiente fue eterno para Tom, pero pasó volando para Bill, quien había llevado su estuche de maquillaje en su mochila. Al terminar su horario se escabulló al baño y aplicó algo de sombra oscura en sus párpados y un poco de gloss transparente en sus labios. Además, estaba tan emocionado que sus mejillas tenían un tono rosa y sus ojos brillaban. Se veía de verdad muy guapo.

Tom quedó admirado cuando vio al pelinegro con maquillaje, era como ver a otra persona. Tomó su mano con cariño y lo guió hasta el coche. Lo llevó a un parque donde hablaron, miraron el atardecer y se besaron. Ninguno de los dos quería que el día acabara, pero el tiempo no perdona y la noche llegó con rapidez.

Debo irme —dijo Bill, lamiendo sus labios, después del exquisito beso compartido.

Oh, sí, está bien. Te llevaré… pero…

¿Qué?

¿Quieres, quieres seguir saliendo conmigo? —Pidió el mayor, sin poder contener la emoción de tener a un chico así de guapo a su lado.

Me encantaría, pero sabes que debo cuidar de Georg —respondió el pelinegro con un intenso rubor en sus mejillas.

No habrá problemas con eso. No soy un insensible.

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El castaño escuchó el ring tone que marcaba el número de Gustav y contestó—. ¿Hey, ¿qué hay?

Tengo hambre, ¿qué tienes en casa?

No sé, ven y averígualo.

Julian tiene un par de pizzas aquí, ¿por qué mejor no te vienes para acá? Además, apenas es medio día, el mojigato de Bill trabaja hasta la noche, ¿o no?

Sí, pero ya sabes que me da paja salir con este frío.

Eres un haragán de mierda, ven o te quedas sin almuerzo.

¡Púdrete! Voy para allá.

El castaño se levantó de la cama y fue a meterse a la ducha. Lo de su accidente fue cierto, pero la lesión había sido tratada y sanada a tiempo, sin embargo Bill no sabía eso. Gustav se había encargado de ayudarle con el invento de la parálisis, con tal de estar en casa todo el día y vivir a costa del trabajo del pelinegro.

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La relación de la pareja florecía con cada nuevo día, Tom era atento con el pelinegro y aprovechaba cada oportunidad que se presentaba para adularlo y darle muestras de cariño, cosa que habían afectado positivamente al chico, porque ya no se veía tan amargado y deprimido.

Un día en que salieron del último turno del restaurant, se besaron fogosamente en el carro de Tom, tanto que sus cuerpos reaccionaron, estaban excitados.

Yo… Tom, ¿quieres entrar? —Preguntó el moreno, con las mejillas rojas tanto por la pasión del momento, como por la vergüenza de pedir algo así.

No quiero forzarte, Bill.

Yo, quiero hacerlo.

Y eso fue suficiente para aceptar la petición. Entraron en silencio a la casa, directo a la habitación de Bill y entre besos y “te amo” susurrados, hicieron el amor.

Lo que ellos no esperaban, era que Georg escuchara todo e imaginara con detalles morbosos, la escena que ocurría en el cuarto contiguo. El castaño había dormido toda la tarde tras beber una botella de vodka que Gustav llevó de contrabando a su casa y ahora se excitaba con los ruidos de la pareja.

Este niñato no puede enamorarse —susurró y terminó la frase en su mente «Porque ya no querrá hacerse cargo de mí»

Tom dejó la casa en silencio, en medio de la noche. Hubiera estado feliz de despertar abrazado a Bill, pero le debía un poco de privacidad, al menos hasta que le contara sobre su relación a su primo inválido. Nunca imaginó lo que viviría la tarde siguiente.

Buenas tardes. —Saludó el chico entrando a la zona de trabajadores.

Tom, ve con Bill, por favor —dijo una chica, atándose el delantal con rapidez—. Yo los cubriré lo más que pueda, pero por favor haz algo, me destroza el corazón verlo así.

El aludido no perdió más tiempo y caminó hasta el baño, donde podía oír el llanto de su pequeño—. ¿Bill, eres tú? —El sollozo se intensificó y su corazón se apretó—. ¿Me abres la puerta?

Lentamente, se oyó el chillido de los goznes al abrirse, el rostro lloroso de Bill, no fue una visión que quisiera volver a repetir—. ¿Qué ha pasado, cielo? —Preguntó, estrechándolo en un abrazo tierno.

Yo, yo… tengo tanta vergüenza —dijo entre hipidos.

Cuéntame, seguro que puedo ayudarte. —Pidió el mayor—. ¿Es por mi culpa?

No, claro que no. —Sollozó más fuerte.

¿Entonces?

Fue Georg…

¿Qué pasó?

Esta mañana, cuando lo fui a saludar para llevarle el desayuno, él… él… —Y rompió nuevamente a llorar. Tom por un momento creyó que el primo había sufrido una crisis y estaba grave.

¿Le ocurrió algo a Georg? ¿Está en el hospital?

No… —Bill empuñó las manos en la playera de Tom—. Él me obligó…

Esas palabras hicieron clic en la mente del mayor, quien se separó para ver a su pelinegro—. ¿A qué te obligó? —Trató de mantener la calma, pero su mandíbula estaba tensa.

Él… estaba, tenía… una erección en la mañana y me… forzó a tocarla.

¡Maldito, hijo de puta! —Gruñó.

Dijo que fue mi culpa, porque me estuve revolcando contigo en la noche. —Y continuó llorando.

Tom lo envolvió en sus brazos, acariciando su espalda, escuchando como sus lamentos bajaban de intensidad.

Todavía puedo escuchar sus jadeos. Fue asqueroso.

El jefe entró en la sección de los trabajadores y viendo el estado de los chicos, les pidió a ambos que se retiraran a descansar. No fue grosero, porque conocía la situación de Bill y, al igual que Tom, pensó que se trataba de la salud de su pariente.

Tom llevó a Bill a su casa y tras prepararle una cena cacera, le hizo el amor lentamente, tratando de calmar su angustia.

No te preocupes, todo estará bien.

Debo regresar a casa.

No, esta noche no. Quédate conmigo.

Pero Georg me necesita, mañana debo trabajar temprano y debo darle el desayuno. —Alegó el moreno, después de todo, su primo estaba paralítico.

Duerme tranquilo. Yo me encargaré de verlo en la mañana.

Con esa promesa, Bill se dejó llevar. Anhelaba un momento de paz y parecía que solo Tom podía otorgarle el descanso que tanto necesitaba.

&

Tom llevó a su novio al trabajo en el supermercado y luego emprendió el rumbo a una panadería para comprar unas cosas para el desayuno de Georg. Bill le había pasado su llaves, pero al llegar, le pareció extraño escuchar música y pensó que Gustav estaría allí para la limpieza matutina del otro.

Fue hacia la puerta y por el visillo de la ventana, vio la figura de un chico musculoso, de cabello castaño, caminando por la sala. Achinó los ojos, según le había contado Bill, Georg era castaño, pero Gustav era rubio. Decidió regresar al carro y esperar.

Pasó una hora y efectivamente el rubio llegó a la casa, pero fue recibido por el castaño, quien le abrió la puerta y le dio un abrazo apenas lo vio llegar. Tom se acercó a la ventana y observó con detalle lo que ocurría allí.

Cuando Gustav se retiró, Tom lo siguió en su coche hasta una zona oscura de la ciudad. Tenía poco tiempo, pues debía reportarse al turno del trabajo.

Se fijó como el rubio vendía diferentes tipos de drogas y finalmente optó por acercase y hablar directamente con él. Gustav abrió una mochila y le mostró toda la mercancía que transportaba. Tom estiró la mano hacia unas pastillas pequeñas y blancas, pero el rubio se echó a reír.

De verdad eres un novato en esto, ¿cierto?

¿Por qué lo dices?

Esos son placebos, pastillas de azúcar, no son mercancía de la buena.

Oh…

Finalmente, Tom se alejó con un par de porros y una gran duda en la cabeza.

Al llegar al trabajo, le mintió a Bill, diciendo que todo estaba perfectamente bien, que había hablado con Georg y que estaba muy arrepentido por lo que había hecho, y que le pedía que esa noche también la pasara con Tom, para compensar el daño.

Por la noche, Bill cenaba otro maravilloso plato preparado por su novio, con una gran sonrisa. Hasta que recordó algo.

¡Dios mío! —Exclamó, llevándose la mano a la frente—. Las medicinas.

¿Qué medicinas?

No le dejé dinero a Gustav para las medicinas de Georg.

¿Gustav las compra?

Sí, él tiene la receta y pasa una vez por semana a recoger el dinero de ellas —respondió el pelinegro con tristeza—. Tendré que regresar.

¿Qué tal si yo le llevo el dinero mañana, junto con el desayuno de Georg?

¿Harías eso por mí? —Preguntó Bill con los ojos enamorados.

Haría de todo por ti, precioso.

La mente de Tom corría a mil, estaba furioso por el engaño de Georg. ¡¿Cómo era posible que alguien pudiera ser tan haragán para inventar un cuento semejante y vivir a costa de un ser tan ingenuo como Bill?!

«Me la vas a pagar, jodido flojo, mal nacido» Pensó el chico, pasando la mano suavemente por la espalda del pelinegro.

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Tom investigó, no tenía tiempo que perder y realizó la transacción, gastando parte de los ahorros que tenía, no le importó, esto valdría la pena.

Acompañó a Bill a su casa—. Quédate aquí, hablaré con Georg.

El moreno se quedó en la cocina, mientras preparaba un poco de café para ambos.

Tom entró en la habitación del primo por primera vez, confirmando que era el mismo chico al que había visto de pie en la sala—. Hola, soy Tom, el novio de Bill.

¿Tú eres quien se ha robado a mi primo estos días, dejando a un pobre inválido a su suerte? —Preguntó, fingiendo indignación.

Sí, ese soy yo. ¡Jodido mentiroso! —Tenía los dientes apretados y el castaño se tensó en la cama.

¿De qué hablas?

Te he vigilado estos días, Georg —respondió con total ironía—. He visto tus maniobras, hasta te vi haciendo ejercicios.

Los ojos del otro se abrieron grandemente—. ¿De qué…?

No hace falta que finjas. Bill no sabe nada.

¿Pero qué?

Lo destrozaría saber que su primo le ha mentido todo un año, haciéndole trabajar como un esclavo, para vivir como haragán todo el día. La pereza es un pecado, ¿sabías?

Hola, chicos. —Saludó Bill, entrando en la habitación con la bandeja del café y un vaso de leche para su primo—. Es hora de tu medicina.

Claro, Gustav las dejó en la entrada. Las traeré —dijo Tom, saliendo velozmente para coger su adquisición y regresó igual de rápido—. Toma, Georg.

Y aquí está la leche —dijo Bill, entregándole el vaso.

Georg no notó nada extraño, así que tomó su “medicina” y bebió la leche.

Bill está cansado, así que nos iremos a dormir. Que descanses, Georg —dijo Tom con toda la naturalidad del mundo.

Buenas noches. —Se despidió el pelinegro con una sonrisa. Le encantaba saber que su primo aprobaba a su novio y no ponía reparos en que se quedara en casa.

Pero Georg no dijo nada, porque la droga ya había comenzado a ejercer sus efectos. Cerró los ojos y sintió como lentamente sus músculos se entumecían. El primer sentido que se trabó fue el habla, su lengua se negaba a moverse, por tanto no podía pronunciar palabra alguna, mucho menos quejarse de los dolores que lo estaban atacando por dentro.

Sus extremidades comenzaron a tensarse, como cuando te da un calambre muy doloroso, con la salvedad de que este dolor no desaparecía, sino que se hacía cada vez más intenso. Pronto, la tensión comenzó a acercarse al torso, sus pulmones se contrajeron, apenas le entraba aire a su cuerpo, hasta que finalmente los latidos de su corazón bajaron de intensidad y ya no hubo nada.

Por la mañana, Bill se levantó y dio un grito de horror al ver el rostro de su primo completamente azul. Llamaron a la ambulancia, pero era demasiado tarde, había fallecido por un paro cardio-respiratorio durante la noche.

Tom se encargó de acompañar a Bill en todo momento. Durante el funeral, Gustav vio con horror que el comprador de aquella extraña pastilla, era el mismo novio del primo de su amigo muerto. Ató los cabos sueltos y simplemente se alejó en silencio. Había algo en la mirada de Tom que decía “más vale que te alejes de Bill o te pasará lo mismo” y siguiendo su instinto de supervivencia, huyó.

Tom invitó a Bill a vivir en su casa. Juntos, no tenían la necesidad de trabajar tan agotadoramente y además, podían aprovechar cualquier momento para amarse.

Con el amor de su novio, el pelinegro no tardó en superar la muerte de su primo y se sintió merecedor de vivir feliz en su compañía.

& FIN &

MizukyChan: ¿Les gustó el final del perezoso de Georg? Seguimos preguntando ¿cuál es tu pecado favorito? ¿O cuál pecado les gustaría repetir?

Escritora del fandom

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