Resumen: Es hora de que Tom se vaya a la Universidad.

(Traducción de MizukyChan)
“Cuidando a Bill en el adiós”
Tom casi se tropezó con sus propios pies cuando intentó llevar una de las cajas al primer piso y era una muy pesada, así que maldiciendo, se las arregló para recuperar el balance y bajar los últimos escalones hasta llegar a salvo a la primera planta.
Estaba estresado, cansado y, en general, con un humor de perros y el hecho de que él y Georg tuvieran que partir en menos de media hora, para llegar a su nuevo departamento en la ciudad donde vivirían el próximo par de años, antes de que oscureciera, no mejoraba en nada las cosas.
—¿Necesitas ayuda, Tom? —Preguntó su padre. Y con un gruñido, Tom giró para poder verlo—. Eso luce pesado.
—Libros —murmuró Tom, lamentando ya haber cargado tantos—. Sólo queda una caja —dijo y asintió hacia las escaleras—. Podrías llevarla al auto, si quieres.
—Claro. —Jorg sonrió y mientras iba hasta el segundo piso, Tom salió de la casa, maldiciendo nuevamente porque tenía que sobrevivir a las pocas escaleras que quedaban en el porche. Soltó un suspiro de alivio cuando, finalmente, metió la caja en el maletero del auto, ya casi estaba completo con las cosas que Georg y él habían decidido llevar.
El resto de sus cosas, las llevarían sus padres después, por ahora, sólo llevarían las cosas más importantes, que parecían ser mucho más de las que habían planeado.
—¿Estás listo para partir? —Preguntó Georg, apoyándose en el coche, esperando a que Tom metiera las últimas cosas—. Debimos habernos ido hace una hora —agregó.
—Lo sé. —Tom suspiró—. Pero ya conoces a mi mamá, estaba obsesionada con las rutas que debíamos tomar, dónde parar a comer algo y Dios sabe qué más. Estuvo así por media hora antes de irse al trabajo al fin.
—Ella sólo está molesta por no poder estar aquí para despedirse cuando te vayas —dijo Jorg bajando por las escaleras, cargando la última caja de Tom—. Y hablando de despedidas —agregó, entregándole la caja a Georg, quien la puso en el carro cuando Jorg giró hacia su hijo—. Hay alguien más a quien tienes que decirle adiós.
Jorg asintió a alguien detrás de Tom y, con una expresión confundida, el rastudo giró justo para ver a Bill parado en la vereda, mirando a Tom con los ojos muy abiertos.
—Oh, no pensé que vendría aquí —dijo muy bajito—. Traté de despedirme de él ayer, pero él no quiso hablar conmigo.
Jorg asintió y compartió una mirada con Georg y, con un suspiro, Georg también asintió, antes de mirar a Tom.
—Dile adiós al hombrecito —suspiró—. Estaré en la casa, pero no tardes mucho.
Tom asintió y, cuando su padre y amigo entraron en la casa, agitó la mano para decirle a Bill que se acercara y se sentó en la escalera del porche, estirando sus manos para que Bill se sentara en su regazo.
Pero Bill no quería. En lugar de eso, se puso de pie al frente de Tom, con los ojitos llenos de lágrimas y sus pequeños bracitos abrazaban al tigre que le dio para Navidad más fuerte que nunca.
—Bibi —dijo muy bajito, sintiéndose mal por ser la razón porque el niño estuviera tan triste—. No te enojes conmigo.
Bill no contestó, se mordió fuerte el labio y aguantó soltar un sollozo, haciendo que Tom se sintiera absolutamente horrible, mientras el niño bajaba la cabeza y miraba al suelo. Tom casi lamentaba haber escogido una facultad tan lejos de él. Sabía que no debía pensar así, que su futuro era muy importante y que Bill no era su responsabilidad, pero aun así, él era el único niñero en el que Bill había confiado, el único que Bill quería cuando su mamá no estaba cerca.
—Vendré a casa de visita —intentó el mayor, deseando que Bill lo volviera a mirar—. Y podré escribirte cartas… y postales.
Bill sollozó y, esta vez, Tom no pudo soportarlo, así que intentó darle un abrazo, pero Bill lo alejó, todavía mirando al suelo.
—Te odio —susurró, lo dijo tan bajito que Tom apenas escuchó las palabras.
—¿Qué? —Tom esperaba haber oído mal.
—¡Te odio! —Bill gritó de repente. Miró a Tom, quien lo miraba de vuelta, tenía los ojitos llenos de lágrimas que bajaban por sus mejillas—. Te odio —repitió y ahora, sus sollozos eran más desesperados.
—Bill —dijo Tom bajito, odiándose a sí mismo, por hacer que el niño estuviera tan mal—. Tengo que hacer esto y lo sabes. Tengo que ir a la universidad, pero todavía te amo, Bibi. Te quiero mucho y vendré a casa y te visitaré tantas veces como pueda.
Bill negó con la cabeza, sus manitos se aferraron tan fuerte al tigre de peluche, que sus nudillos se pusieron blancos—. No lo harás —gritó, con la voz chillona y aguda—. Te olvidarás de mí.
—No, no lo haré —respondió Tom, mirando al niñito que lloraba—. Nunca me olvidaré de ti, Bibi. Te lo prometo.
Bill no escuchó y, antes de que Tom tuviera oportunidad de responder, Georg estaba de vuelta, mirando a Tom con una expresión que decía que era hora de partir.
—Bill, me tengo que ir ahora —dijo Tom muy bajito, mientras Georg se dirigía hacia el auto—, pero volveré, ¿okey?
Bill no respondió y Tom se levantó de las escaleras, sólo para arrodillarse y abrazarlo. Bill no hizo ningún intento de corresponder el abrazo y Tom se sintió incluso peor de lo que se había sentido antes. Él sabía que Bill había estado triste y enojado con él la última semana, desde que Tom le dijo que debía irse, pero nunca pensó que el niño estuviera tan herido como para no querer abrazarlo como despedida.
—Mira —dijo Tom bajito, y sacó una de las cadenas que usaba en su brazo. Era una larga y muy bonita y se asomaba por la muñeca de Tom un par de veces y, con una sonrisa triste, la puso por encima de la cabeza de Bill, dejándola colgada alrededor del cuello del niño. Sabía que a Bill le gustaba, solía pasar el dedo por ella, cada vez que Tom se la ponía y más de una vez, se la puso como colgante cuando pensaba que Tom no estaba mirando—. Quédate con esto —dijo bajito, todavía sin recibir respuesta de Bill—. Y te veré cuando vuelva a casa de visita, ¿está bien?
Bill sólo negó con la cabeza y con un gran suspiro, Tom se puso de pie. Por mucho que quisiera quedarse y asegurarse de que Bill no lo odiara, en verdad debía irse. Tendría que llamar después a Simone y ver si el niño estaba bien o no. Claro, si es que ella se daba cuenta.
—¿Mantenlo vigilado por mí? —Pidió cuando le dio un abrazo a su papá—. Asegúrate de que esté bien.
—Lo haré. —Jorg sonrió, sabiendo lo mucho que Tom odiaba a la madre del niño y que no confiaba en ella ni por un segundo—. No te odiará para siempre, Tom —agregó—, es sólo que es muy pequeño para entender por qué te vas.
Tom asintió. Lo sabía, pero eso no lo hacía sentir para nada mejor.
Subió al auto y, con un suspiro bajo, se apoyó en el respaldo del asiento, diciendo a Georg que ya se podían ir. Georg le dio una mirada preocupada, pero no hizo preguntas, se movió para girar la llave.
En el mismo momento en que Georg encendió el motor, Tom escuchó a Bill gritando su nombre y, con un gruñido, Georg esperó y no comenzó a conducir, pues Tom volvió a abrir su puerta.
—¡Tomi! —Bill gritó otra vez. Tenía lágrimas cayendo por su carita y se estiró buscando a Tom, quien de inmediato abrió los brazos, para que el niño gateara en su regazo y lo envolviera con sus bracitos, abrazándolo fuertemente, mientras lloraba en su cuello.
—No te odio, Tomi —Gritó, abrazándolo mucho más fuerte.
—Lo sé —murmuró Tom, correspondiendo el abrazo—. Sé que no me odias.
—¿Te tienes que ir? —El niño sollozó, aferrándose a Tom como si en ello se le fuera la vida.
—Sí, tengo que hacerlo. —Tom suspiró y esperó a que el niño aflojara el agarre, antes de alejarse levemente, para poder volver a mirar al triste pequeño—. Pero volveré, Bibi. Te juro que lo haré.
—Puedes llevarte mi tigre, Tomi —susurró Bill y trató de darle su muñeco de peluche al otro—. Para que no me olvides…
—Nunca me olvidaré de ti. —Tom sonrió suavemente y le dio a Bill un pequeño beso en la frente— Y el tigre fue un regalo de mi parte. Es mejor que tú lo tengas, para que puedas abrazarlo cuando me extrañes.
—Quiero que te quedes —susurró Bill, pero volvió a aferrarse fuertemente al tigre—. Quiero abrazarte a ti cuando te extrañe…
—Lo sé —dijo Tom con una mirada de tristeza—. Pero tendré que irme un tiempo… cuando regrese, podrás abrazarme.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo —dijo Tom y casi tuvo que obligar a Bill a bajar de su regazo, para bajarlo al suelo, fuera del auto. Y, cuando Tom le dio a Bill el último abrazo, Jorg se acercó a ellos y tomó la mano de Bill mientras Tom cerraba la puerta y miraba por la ventana—. Te veré pronto, ¿okey, Bill?
Bill no dejó de llorar, pero asintió un poco, apretando fuertemente la mano de Jorg y con la otra, abrazando a su tigre de peluche.
—Adiós, Bibi —dijo bajito Tom, sintiéndose un poco mejor ahora, porque Bill por lo menos no lo odiaba.
—Bye bye, Tomi —susurró Bill—. Te amo.
—Yo también te amo, Bibi —respondió suavemente el mayor, mientras Georg volvía a encender el motor—. Siempre lo haré.
F I N
Creo que Bill sintió tanto esta partida porque él ya había tenido una pérdida antes. Ya hemos visto que no había presencia masculina en su casa, por tanto por eso pensaba que Tom también lo olvidaría, tal como su padre había hecho. Aawww, les entrega pañuelos a las lectoras u.u De verdad sufrí mucho con este final. Y existe una continuación, donde ha pasado el tiempo y Bill ha crecido. La historia, se llama “Promesas Rotas”, pero es posible que la obra se convierta en libro real, así que no estará disponible. Lo siento.
No hay continuación pipipi 😭😭😭 me voy a morir me doliooo bibi
Sí hay continuación, pero como mencioné la autora está publicando en Amazon, y supongo que en algún momento la novela dramática saldrá a la luz y podremos ver el final de esta historia.
No te voy a hacer más caso, Mizuky(? De ternura pasé a un llanto horrible. 😫 Encima ese título que tiene la continuación «Promesas rotas», posta que no me «promete que no me rompa» 👀 mi corazón de pollito tiene miedo(? xd 💔