«Reverse I» Fic de Alter Saber
Capítulo 7: Celos
Mamá, ya llegué.
¿Mamá?
Oye, ¿Dónde estás?
¿Mamá? ¿Simone? ¿Por qué no me contestas?
Mamá…
Pero, ¿Qué hiciste?
No…
No es real…
Esto no es posible…
Tú…
Me has abandonado…
Desperté agitado, cubierto por completo en sudor; otra vez ese sueño, hacía meses en los que no recordaba esa escena tan horrorosa; no entendía cómo había logrado no derrumbarme por completo después de ser testigo de ese nefasto acontecimiento.
De repente, mi alarma sonó. Eran las 8:30 am y debía estar arreglado como mínimo una hora después para llegar a tiempo a la Universidad y no perderme en el proceso.
Sí mal no recuerdo, fue a mis 5 años cuando se descubrió que padecía de una condición que se diagnostica clínicamente como: Trastorno del estado del ánimo. Es decir, que mi cerebro sobrerreacciona a su ambiente, lo que me permite tener un IQ elevado; para muchos ésta situación resultaría favorecedora; sin embargo, la realidad es otra. Cuando se posee una capacidad cognitiva que está por encima de los estándares, se pueden desarrollar escenarios estresantes que conllevan a dos caminos igual de peligrosos: Ansiedad o Depresión.
Por tal motivo, las situaciones dolorosas pueden llevarme a tomar decisiones surrealistas como el acabar con mi vida. De allí, que trato constantemente de no generar dependencia emocional por una persona; por qué su ausencia a futuro puede convertirse en razón suficiente para destrozarme los nervios; desencadenando un sinfín de síntomas como la falta de apetito, pérdida de peso desmesurada, cambios en los hábitos del sueño, ansiedad invasiva, entre otros más.
Por eso, mi ingreso en la Universidad Johann Wolfgang Goethe estaba más que certificado. Tuve uno de los 3 puntajes nacionales más altos en las pruebas de aptitud; con dicha referencia, ya era suficiente para entrar en una Institución de tan alto prestigio como esta.
A decir verdad, me encontraba un poco emocionado; de seguro en éste recinto, las clases suponen un gran reto y los docentes desafiaran mi conocimiento con todo lo que tienen. Estaba realmente entusiasmado por adentrarme en las incógnitas del saber y descubrir ¿Cuál era el límite de mi capacidad? O por el contrario, comprobar si no tenía una frontera que demarcara mi potencial.
Me levanté de la cama, fui al baño, tomé una ducha y tras usar el secador junto a la plancha en mi cabello; pase al armario, donde me decidí por un atuendo completamente negro; pantalones de cuero ajustados, botas, camiseta con un graffiti de «Green Day» y una chaqueta sencilla; todo el estilo acompañado por anillos en cada mano y un colgante de plata.
Una vez listo, me dirigí al tocador y utilicé un maquillaje muy sutil; lo único que resalte fue la forma de mis ojos, con una apariencia ahumada que captara la atención de cualquiera que me observara.
Me detalle una última vez en el espejo y salí de mi habitación. Bajé las escaleras y fui directo al comedor para tomar el desayuno. En la mesa se encontraba Sam, quien al verme pronunció:
– Buenos días Joven Kaulitz, espero que su descanso haya sido de su agrado. El menú para el desayuno corresponde a un omelette de arroz bañado en salsa roja, con una porción de pan de ajo, jugo de naranja, café y una sección de frutas.
– ¿Todo eso es el desayuno?
– Sí Joven Kaulitz o ¿De casualidad desea otra cosa?
– Por Dios, antes que todo, disculpa el no haberte saludo antes: Buenos días Sam.
– No se preocupe, no tiene por qué tener ese tipo de formalidades conmigo; estoy aquí para servirle.
– Gracias Sam y con respecto al desayuno; me apetece sólo el jugo y la porción de frutas.
– De antemano pido disculpas sí lo que estoy por decirle no es de su agrado, pero, una alimentación balanceada es esencial para mantener un desempeño equilibrado, así que ¿Por qué no reconsidera su elección?
– Está bien Sam, con la condición que el Omelette sea pequeño.
– De inmediato Joven Kaulitz; por cierto, el Joven Tom dejó un mensaje para usted.
– ¿Tom? Y ¿De qué se trata?
– En sus palabras textuales: «Las Pertenencias son única y exclusivamente del dueño, por ende no pueden ser tocadas ni apreciadas por nadie más». Personalmente, creo que es un recordatorio un tanto extraño, pero fue lo que el Joven Tom me dijo.
– ¿En serio te dijo eso?
– Si Joven Kaulitz.
– Maldito infeliz.
– ¿Disculpe?
– Ah, no, no; no es nada Sam.
El desgraciado se estaba tomando muy enserio su papel de «Dueño» y ¿Qué pretendía? Que llegara a la Universidad y me comportara como un completo subnormal que no se relaciona con nadie, que se la pasa sumido en los libros, pero que, no está interesado en intimar con nadie que no fuera él…
¡JA! Pobre idiota, se puede estar jodiendo porque en lo que a mí respecta, voy a conseguir a una rubia despampanante para paseársela justo en frente de sus ojos y que así deje de indisponerme con sus estupideces de: Me perteneces.
Aunque soy consciente de que no quiero profundizar en las consecuencias que pueda obtener de eso, me da igual. Bien decía mi madre que él que no arriesga no gana y por ésta vez, estoy dispuesto a apostarlo todo.
Yo no soy de nadie y él no tiene absolutamente ninguna autoridad sobre mí, porque aunque haya cedido un poquito (Quizás demasiado) a sus insinuaciones, eso no le da derecho a nada, ni que se tratara de una deidad o un ser sublime (Aun me cuesta aceptar que sí se trata de un dios griego).
Luego de tomar el desayuno (Que por cierto estaba exquisito), fui hasta la entrada, en la cual me esperaba Anderson junto a un lujoso auto:
– Joven Kaulitz, tenga usted un saludo efusivo de mi parte. Hoy, he sido designado para llevarlo hasta la Universidad.
– Oh, gracias Anderson y por favor no seas tan formal; puedes hablarme con más soltura, es que tantas excentricidades me hacen sentir muy fuera de lugar.
– Como ordene Joven Kaulitz.
– Jajajaja, supongo que te costara un poco acostumbrarte. Empecemos con algo sencillo, llámame Bill.
– ¿Bill? ¿No le parece inapropiado que un sirviente le llame por su nombre?
– Para nada Anderson.
– Esto…pues…bien Bill.
– Eso es, gracias Andy.
Subí en el vehículo y me dedique a regocijarme en esas vistas tan esplendidas que tenía por ofrecerme el paisaje de Frankfurt. Luego de 20 minutos de recorrido, Andy aparcó en el estacionamiento de la Universidad y estaba completamente anonadado.
¿Eso era una Universidad? ¿Será que Andy se habrá confundido y me trajo a un Palacio del siglo pasado? Esto era sin duda alguna inestimable.
¿Edificios coloniales? ¿Canchas por doquier? ¿Un bosque glorioso?
Ya empezaba a comprender porque éste plantel era de renombre no sólo en aspectos intelectuales sino en detalles arquitectónicos. Era sencillamente hermoso.
Me despedí de Andy y empecé a caminar hasta la entrada del primer bloque que encontré, para mi suerte, la oficina de información estaba en frente y sin parar a pensarlo, me dirigí hasta allí y le pregunte a la encargada por la Facultad de Psicología; y como si Dios se estuviera apiadando de mí, resultaba que ese edificio era el indicado; sólo tuve que subir hasta la segunda planta y buscar el aula que tuviera por título «Introducción a la Psicología clásica».
Ingresé al salón y como era costumbre, todos los ojos fueron puestos en mí; desencadenando una increíble cantidad de murmullos entre los que lograba distinguir comentarios como:
– Dios, que guapo.
– ¿Esta maquillado? De seguro es gay.
– Sí es gay es un completo desperdicio de hombre.
– Qué preciosidad.
No pude evitar sonreír, al parecer ni siquiera en las Universidades de alto calibre como esta, las personas eran decentes y recatadas. Me dirigí hasta la última fila y de repente una chica de baja estatura se acercó a mi lugar y con una confianza absoluta me dijo:
– Hola, soy Lele Prigman. Cuento contigo para los siguientes 4 años.
– Jajaja, esto…Yo soy Bill Kaulitz y espero que nos llevemos bien.
– Nos vamos a llevar bien, algo me dice que tú personalidad es increíble.
– Pues que perceptiva eres.
– Lo sé, tengo poderes extrasensoriales.
– Jajajajajajajajajaja.
Al parecer Lele era una chica muy extrovertida y con un sentido del humor agradable, por algún motivo, yo también sentía que nos volveríamos buenos amigos o al menos eso esperaba. Y cuando estábamos por continuar nuestra conversación, el profesor ingresó e inicio de inmediato la clase:
– Jovencitos, reciban ustedes de mi parte una calurosa bienvenida al curso de Psicología clásica; permítanme decirles que sí alguno ha escogido ésta carrera porque desea aliviar el sufrimiento de las personas que padecen de trastornos mentales, ha elegido mal. Antes que ayudar al prójimo hay que sanarse a sí mismo, buscarse, explorarse y conocerse a fondo, para que así, desde la perspectiva interna se pueda exteriorizar el conocimiento.
Bien, eso no me lo esperaba; de pronto el Profesor Kean tenía razón, ¿Cómo aconsejar a alguien, cuando uno mismo es un completo desastre? Tenía que reconsiderar el motivo por el cual escogí ésta profesión y aprovechar la oportunidad de congeniar con mis sentidos y crecer como persona.
Al acabar las clases, Lele se dirigió hasta mí y empezamos a caminar por los pasillos:
– ¿Y bien? ¿Qué te ha parecido hasta el momento? ¿Aun deseas escuchar y diagnosticar locos?
– Jajaja, pues a decir verdad sí. Me han atraído mucho las temáticas tocadas en clase.
– Sí, eso de que uno no es uno y que hay como 3 partes dentro uno mismo y no sé qué, parecía interesante.
– ¿No has prestado mucha atención verdad?
– Estaba perdida en tus ojos Bill, me fue imposible.
– Jajajajajajaja, pero ¿Qué cosas dices?
– Jajajaja, no, pero ya hablando en serio. Creo que si escogimos bien.
– Sí, eso es verdad.
– Oh, mierda.
– ¿Qué pasa?
– Lo olvide, ¡DIOS! Mi mamá me va a asesinar.
– Oye, ¿Qué sucede?
– Le dije que estaría en la puerta justo a las 2 pm y ya pasaron 20 minutos. Todo es tu culpa Bill por andarme hablando.
– ¿Qué? Jajajaja, mejor vete antes de que todo se empeore.
– Si, si, si, tienes razón. Nos vemos mañana Billy.
– Ah, sí, claro Lele. Oye, antes de que te vayas, ¿Puedes decirme donde queda el comedor?
– Oh, sí. Mira, sales de éste edificio y buscas la cancha de básquet más grande, luego volteas a la izquierda y ves otro edificio, entras y sigues de largo hasta que llegas al comedor. Me voy, ya tengo que irme.
– Ah, sí y gracias.
Esas instrucciones no me servían de mucho, pero me daba vergüenza ir nuevamente hasta la Oficina de Información; trataría de llegar al comedor y esperaría a que fueran las 3 pm para que Andy llegara.
A lo lejos visualice una cancha enorme de Básquet, fui hasta allí y giré a la izquierda tal como había dicho Lele; entonces vi, un edificio más grande que mi Facultad y entre. Empecé a recorrer el extenso pasillo, detallando lo amplio y diferente que se veía todo en esa estructura; cuando de repente y sin quererlo, tropecé con alguien.
– ¡Au! Dios, ¿No puedes fijarte por donde caminas? Casi me matas.
– Oh, como lo siento. No te vi, estaba un poco distraído.
La chica con la que había chocado era realmente hermosa, su cuerpo no era del todo delgado, pero sus curvas estaban muy bien definidas, era obvio que practicaba algún tipo de deporte; su piel era blanca, sus ojos azul turquesa, sus labios rosados y su cabello rubio con destellos rojizos; simplemente, una preciosidad. Aquella mujer, elevó su mirada hasta a mí y sin pensarlo, mostró una sonrisa angelical.
– Vaya, disculpa mi rudeza, no debí hablarte de esa manera.
– ¿Qué? No, no te preocupes. Es decir, todo fue mi culpa.
– Bueno, fue mi culpa también. ¿Me perdonas?
– Claro, no hay porque preocuparse, sólo fue un pequeño incidente.
– Espero que no pienses mal de mí.
– No, eso es imposible. Por cierto, eres realmente hermosa, muy diferente a mí de hecho.
– Pero, ¡Eres muy guapo! No te había visto por aquí, ¿Eres nuevo?
– Ammm, sí. De hecho, estudio en la Facultad de Psicología.
– Oh, increíble. ¿Y qué haces por aquí?
– ¿Qué facultad es esta?
– Ingeniería.
Mi corazón empezó a palpitar con fuerza, estaba en la facultad de Lucifer y sí me lo encontraba en esta situación en la que parece que coqueteo con una rubia sexy; él va a matarme; Sí, me asesinará y tirara mi cadáver en el primer rio que encuentre.
– Mierda, tengo que largarme pero ya de aquí.
– ¿Por qué?
– Sí te digo que un demonio me devoraría si me encuentra por aquí, ¿Tú me creerías?
– Jajajaja, ¡Qué gracioso!
– Ojalá fuera una broma.
Me estaba poniendo un poco nervioso, ¿En qué momento aparecerían esas inconfundibles rastas balanceándose de un lado al otro a la altura de los hombros de ese despiadado ser humano? Mientras me sumía en mi perdición, aquella chica dijo:
– Eres precioso, ¿Cómo te llamas?
– Soy Bill, Bill Kaulitz y ¿Tú?
– Soy Jessie Fortland, no sé si estas enterado, pero mi padre es dueño de una de las empresas automotrices más importantes del país.
– Oh, no tenía ni idea. Así que, ¿Eres una heredera?
– Sí, y si tú quieres, puedo mantenerte por el resto de tú vida.
– Jajajaja, eres muy amable pero no me apetece; de momento sólo quiero empezar de nuevo y disfrutar de la U.
– Es una pena, porque por un muñeco como tú, yo haría cualquier cosa; ¿Te molesta sí te toco el cabello?
– Ammm, no. No hay problema, puedes hacerlo
– Gracias Cariño.
Recordé que en la mañana había jurado encontrar una rubia esplendorosa con la que enfrentaría a Tom y pensé: ¿Por qué no ésta chica que me está hablando de una manera tan insinuante? Si, así el maquiavélico dueño se haría a un lado y yo sería feliz. Bueno, quizás no era tan sencillo como eso, pero ¿Qué perdía con intentarlo?
De repente…
– ¿Se puede saber qué hacen el par de enamorados exhibiéndose en los pasillos de una Universidad?
¿Puede alguien imaginar el terror que me supuso escuchar ese interrogante?
A decir verdad, no era la pregunta lo que me causaba temor; sino quien estaba generando dicho interrogante. Quería huir, desaparecer y nunca más volver a ver la luz del sol. La mirada de Tom era atemorizante, me estaba diciendo a gritos que las consecuencias de mi fallido intento por fijarme en alguien que no era él, iban a ser estratosféricas.
Y la rubia, que parecía conocerle, pronunció algo que lo provoco aún más:
– Tom, pero que dices, Sí Bill y yo a penas nos estamos conociendo, aunque ¿Quién no caería a los pies de semejante preciosidad?
Bien, odiaba a esa maldita mujer, ¿Acaso no se daba cuenta que ese hombre que estaba justo enfrente nuestro, era capaz de sacarnos los sesos y ofrecerlos como sacrificio en un culto satánico, sólo por haberle desobedecido?
Era obvio que Tom se cuestionaba sobre el recado que me había dejado con Sam y aunque por un ínfimo segundo pensé en culparle; me retracté de inmediato, porque el mayordomo podía perder su trabajo y yo no era nadie para ocasionarle semejante daño.
Palidecí, mis labios estaban apretados, mis manos se movían inquietas y yo no paraba de sudar. Estaba aterrado, petrificado y humillado; su presencia me intimido como nunca…
– ¿Y qué tiene que decir nuestro pequeño Bill al respecto?
No podía articular respuesta alguna.
– Venga Bill, anda dinos, ¿Qué estaban haciendo ustedes dos?
Me iba a matar, lo sabía. En cualquier momento iba a lanzarse contra mí y me iba a asesinar. No sé cómo lo hice, pero en un intento por suavizar un poco la escena, le respondí (O bueno, eso intente)
– Pues…ammm…yo…
– ¿Se te olvido hablar? ¿Qué pasa, te pongo nervioso?
– Si….es decir…No, yo…
– Vete.
– ¿Qué?
– Que te vayas ya mismo de aquí.
– Pero…
– El auto te está esperando afuera.
Esto era completamente inaudito, ¿Cómo era posible que tuviera tanto control sobre mí? ¿En qué momento él cogió las riendas de mi voluntad y la adiestro a su designio divino? Me sentía inferior ante su penetrante mirada.
De un instante a otro, sentí un agarre soberbio en el brazo y su voz resonó con fuerza en todo mi oído:
– De esta te enteras cuando llegue a casa.
Lucifer había sido claro, como no me fuera de inmediato de ese lugar, él se encargaría de darme el golpe de gracia y sin reparar en aquella rubia ni en el show que se había armado; salí corriendo de allí y fui hasta la entrada donde Andy me esperaba…
– Joven Kaulitz, perdón, Bill ¿Estas bien? Pareces un alma en pena.
– Soy un alma en pena.
– ¿Perdone?
– Es decir, estoy bien Andy. ¿Te hice esperar?
– No, en absoluto.
– Bueno, ¿Podemos irnos pero ya a casa?
– Claro Bill, como desees.
– Gracias.
No podía sacarlo de mi mente, aunque quisiera, simplemente no lograba apartar esa frase de mi cabeza: De esta te enteras cuando llegue a casa. Era el final, ni rogándoles a todos los dioses de la mitología griega, iba a lograr zafarme de esta. Tom me iba a masacrar, de seguro me iba a azotar, amordazarme y luego a violarme para proceder a asesinarme; sonaba muy absurdo, pero yo sabía de sobra que él era capaz de eso y más. Le había hecho enfurecer, no tenía ni idea de cómo había hecho para no descontrolarse con esa mujer.
Llegamos a casa y como si mi habitación fuera la fortaleza más segura del planeta entero, subí las escaleras y coloqué todos los cerrojos del cuarto; respire y me lance a mi cama.
Sabía que había cometido un error garrafal y que los resultados de mi estupidez me iban a pasar un cobro abismal, pero, luego de reflexionar un poco más a fondo, me di cuenta de algo…
¿Yo estaba actuando como una víctima?
No, esperen…
¿De alguna extraña manera, había aceptado el papel de sumiso?
Eso quiere decir que…
¿Mi interior aceptaba con vehemencia a Tom como su dueño?
¡POR DIOS SANTO!
Eso era inaudito, no lo iba a permitir nunca.
Decidido a devolverle la jugada, salí de mi habitación y me dirigí hasta la de él. Necesitaba algo, cualquier cosa que dijera a gritos: VENGANZA.
Cuando ingresé, me di cuenta que para ser un imbécil con mente retorcida; su cuarto era bastante organizado y pulcro; teníamos exactamente las mismas cosas, con la diferencia que en una de las esquinas habían 3 guitarras dispuestas de manera triangular y las sabanas de su cama eran blancas.
Empecé a recorrer todo el lugar como si estuviera en una excursión y llegué hasta el escritorio donde me di cuenta que habían lo que parecían ser dos ¿Cajas?
Intrigado por el descubrimiento, até mi cabello en una coleta alta para evitar que de pronto algún mechón fuera a quedar sobre la mesa y me involucrara directamente. Al abrir las cajas, me encontré con algo un poco inusual; en una reposaban unas tarjetas de color rojo y en la otra unas de color azul; guiado por la curiosidad, tomé uno de los papeles y leí en voz alta:
– Sandra Burrow (097-345-1098) Llamamé, estuvo increíble Tom.
¡Qué malnacido! ¿El infeliz clasificaba a sus víctimas? ¿Guardaba sus números para luego repetir? Es un enfermo, creído, descerebrado, estúpido, sensual, imponente, varonil…
– ¡AHHHHHHHHHH! Maldición Bill, C O N C E N T R A T E.
Absorto en un debate mental en el que pensaba sí debía odiar o no a Tom; un sonido me perturbo un poco.
¿Alguien iba a entrar en la habitación?
MIERDA, MIERDA, ESTOY MUERTO.
Y gracias a que mi mente es dinámica, me voltee y vi el armario medio abierto; sin pensarlo, me metí de inmediato allí.
Sin embargo, nada me habría preparado para lo que estaba a punto de suceder.
Parecía como si hubiesen entrado 2 personas; ¿Alguien se estaba desvistiendo?
Un fuerte ruido se presentó, algo cayo con ferocidad sobre la cama; no lograba ubicar los sonidos que estaban saliendo; esperen…
¿Esos eran gemidos?
No…
Él…
Otra vez…
Estaba asustado, no quería ver, no deseaba ser testigo de un acto tan cruel como ese, simplemente no…
Y con una voluntad sobre humana, abrí la puerta; salí y le vi. Tom estaba tendido sobre la cama con la rubia que me había coqueteado horas atrás y él parecía disfrutarlo; su rostro reflejaba el placer, el desenfreno, el éxtasis total y lo peor, es que no era Yo.
Una mujer le estaba llevando al mismo cielo donde él me había subido con un suave y alocado roce de su mano. No quería llorar, no tenía que darle ese gusto, pero:
¡ QUÉ DIFÍCIL ERA!
La reacción de mi cuerpo fue abrumadora, cada fibra de mí ser se encontraba estática, yo observaba ese acontecimiento y mi mente no paraba de repetirme: Tú dueño lo disfruta porque se trata de una Mujer.
Una mujer…
Una desagradable pero esplendorosa mujer se estaba llevando a Tom de mi lado.
¿Y sí el reparaba en el hecho que lo que sucedió conmigo no fue más que una travesura?
¿Y si descubría que ni en un millón de años me haría suyo?
¿Y si todo había sido un simple y llano juego?
Esos cuestionamientos me estaban azotando la cabeza, uno tras otro; martillaban mi ser, como diciendo: No debiste negarte cuando tuviste la oportunidad; fue tu orgullo; por tú puto orgullo le perdiste Bill; no tienes derecho a lamentarte.
Y empezaba a creer que era verdad, era mi culpa; yo no quise obedecerle, hice algo terrible y el me reemplazo. Me está dejando a un lado, me va a desechar, él…
Sacándome de mis tormentosos pensamientos, ese hombre que me había robado los sentidos, dijo:
– ¿Bill?
Y como pude, evitando con todas mis fuerzas derramar lágrimas; salí corriendo de allí; Tom había perdido el interés por mí y yo no era nadie para reclamárselo.
Cerré la puerta de su habitación y fui hasta la mía; puse los cerrojos (Teniendo la vana esperanza que él viniera tras de mi) y empecé a caminar a lo largo y ancho de mi cuarto.
Era imposible olvidar esa escena, alguien que no era Yo, le estaba tocando, besando, palpando, sintiéndole hasta en lo más profundo de su ser y no era Yo.
¿Por qué no podía ser yo?
Me di cuenta de que la existencia de Tom representaba para mi algo mucho más que un simple (-1). No podía calcular su valía porque ésta simplemente no existía. Había jurado no caer en esto, me lo había prometido, me había esmerado por no cometer un error tan estúpido como este. Pero él apareció sin avisar y volcó mi mundo.
Ahora cuando me doy cuenta de su relevancia; por nada quiero su ausencia; no la deseo.
Dime Tom, ¿Qué tengo que hacer? No importa lo que sea, sólo no desvíes tu mirada de mí.
No me dejes.
Soy tuyo, sólo tuyo.
Estaba empezando a perder la cabeza, escuché como la manija de mi puerta era fuertemente sacudida y empezaron a sonar golpes por todos lados, retumbando en mi cuarto y formando un eco ensordecedor:
– BILL, ABRE LA MALDITA PUERTA AHORA MISMO.
Era él, y aunque lo que más deseaba en esos momentos era lanzarme a sus brazos y suplicarle, no, implorarle que no me abandonara; no pude pronunciar ni una sola palabra.
– Bill, sé que estás ahí. Ábreme, necesito que hablemos ¿Si? Venga pequeño, no seas así.
¿Pequeño?
¡Es un cretino!
¿Cómo es capaz de llamarme así luego de haberse acostado con una mujer?
– Bill…Por favor, sólo abre. Necesito verte, te lo suplico.
No lo hice, pase de largo y me encerré en el baño; abrí la llave para que el agua llenara la tina y así poder sumergirme en un poco de tranquilidad.
Me senté en la taza y espere a que se llenara la tina; trataba con todas mis fuerzas, no pensar. Me di cuenta que los golpes de la puerta habían cesado; Tom se cansó de tocar (Muy rápido de hecho) y se había ido de nuevo con su rubia. Si, de seguro eso era lo que estaba sucediendo.
Cerré mis ojos y trate de relajarme con el sonido del agua corriendo; cuando de pronto, la puerta del baño se abrió y él apareció…
Pero, ¿Cómo le hizo?
– ¿Tom? ¿Cómo entraste?
– Eso es lo de menos, ¿Por qué no me abriste?
– No quiero hablar contigo, sólo déjame aquí y vuelve con tu desfogue femenino.
– ¿Disculpa? ¿Estas echándome?
– Si.
– ¿Ah, sí? ¿Y quién te crees?
Pero es que éste tipo era en verdad, único en su especie.
– ¿Eres cínico o te haces?
– ¿Qué?
– O sea, ¿Te encuentro con otra mujer y vienes aquí con tu complejo de macho- alfa a hacerme lo que parece ser un reclamo porque no se me dio la gana de abrirte la puerta?
– Si, ¿Algún problema?
– Sí, uno.
– ¿Cuál es?
– TÚ, ese es mi problema; Tú eres mi maldito problema.
– ¿A qué te refieres? ¿Tanto te afectó verme con otra persona, que ahora tú cerebro no funciona bien o qué? A ver, ¿Se te olvida que me desobedeciste? Sé muy bien que Sam te dio mi recado, ¿Qué putas hacías coqueteando con Jessie?
– A ti que te importa.
– Si me importa, porque resulta, pasa y acontece, que tú mi querido angelito, eres MIO.
– ¿Cómo?
– ¿Te lo deletreo para que lo entiendas mejor? Tú eres M-I-O.
– ¡Ja! Pero, ¿Quién demonios te crees?
– El dueño y señor de todo lo que tú existencia representa.
Y sus palabras no podían ser más ciertas.
– ¿Ah, sí? ¿Eso eres?
– Sí, eso soy. ¿No te jode?
Sí Tom quería guerra, yo no era nadie para negársela.
Bien, lo he decidido. No quiero perderle, pero tampoco voy a suplicarle (No de momento); voy a jugar una carta maestra…
– No, a decir verdad, no me molesta para nada ¿Sabes? Hasta me hace feliz escuchar eso.
– ¿Ah, sí? ¿Y cómo puedo saber que eso es verdad?
– Déjame enseñarte.
No sé cómo, ni porque, pero tenía muy claro lo que debía hacer para tomar nuevamente las riendas de mi voluntad.
Empecé de una manera despaciosa y muy sensual a despojarme de toda mi ropa; primero las botas, luego los pantalones, después la camiseta y por último los boxers. Y así, completamente desnudo, irradiando lujuria con intensidad, le llamé:
– ¿Tom?
Su mirada viajaba a lo largo de todo mi cuerpo y pude ver como su lengua empezaba a tocar con insistencia ese pequeño piercing que adornaba sus labios; se mordió y poso su vista en mis ojos:
– ¿Si? Dime Bill.
Con una confianza pocas veces vista en mí, pronuncié una sentencia que anhelaba fuera acatada por mi dueño; porque en esos momentos, yo estaba dando todo por él, y si no me arriesgaba, terminaría perdiéndole. Sin más trabas, ni confusiones y sin una pizca de vergüenza, le dije:
– Házmelo.
Continúa…
Gracias por la visita.