Perfect Love 2: The devil Inside (By MizukyChan)
Capítulo 12
El pelinegro lloró, hasta que de sus ojos ya no salían más lágrimas. Amanda lo observó en silencio y cuando el chico dejó de estremecerse, fue por él y lo invitó a comer algo.
La tarde había comenzado y Adam había vuelto a despertar, pero mucho más vigoroso y alegre. Bill se aseguró de que su hijo no presentaba ninguna señal de fiebre y decidió que volvería al hospital, por si había alguna emergencia y de paso, contarle a sus colegas la razón de su repentina ausencia.
Cuando entró al pueblo, giró en una esquina y se dirigió hacia la herrería. Antes de dejar la mansión, se había preocupado de arreglar muy bien su cabello, para lucir aseado y sensual, cosa que había dado resultado, pues Tom se quedó quieto y con la boca abierta, cuando le vio acercarse a galope lento, hasta su lugar de trabajo. Se aseguró de mostrar sus pantalones de cuero ajustados, al bajar del caballo, para que Tom viera lo que se estaba perdiendo al estar lejos de su casa.
—¡Hey Bill! —Gritó John, ya que Tom seguía como idiotizado ante la bella imagen del pelinegro—. ¿Cómo sigue Adam?
—Él está mucho mejor —contestó con una enorme sonrisa, mostrando sus blancos dientes y haciendo sonar su melodiosa voz—. Sólo extrañaba a su papi Towi.
—¡Tom! —El mayor, le dio una palmada al trenzado, para que saliera de su estado hipnótico—. Toma un momento para hablar con Bill.
El trenzado asintió y caminó hasta su amado, quien se sonrojó ligeramente, al sentir su tosca mano en la cintura, mientras lo llevaba hacia el interior del lugar.
—¿Qué te traer por aquí? ¿Es Adam otra vez? —preguntó preocupado.
—No, lo siento, no quise asustarte —Bill iba a salir otra vez, creyendo que todo eso había sido una mala idea, pero la mano del mayor en su muñeca, lo detuvo.
—Espera, Bill.
—Lo siento —El chico bajó la cabeza y se dejó envolver en un abrazo—. Estoy… estoy muy preocupado, Tom. No quiero que te vayas de viaje. No quiero que regreses a ese lugar.
—Sshh, no pienses en eso aún, Bill —El trenzado pasó su nariz por la mejilla del menor, absorbiendo su suave aroma, causando con ello, miles de mariposas revolotear en el vientre del pelinegro.
—Es que cuando una idea se mete en tu cabeza, no descansas hasta cumplirla —comentó con una sonrisa, posando sus manos en las caderas del mayor.
—¿Cómo está nuestro hijo?
—Despertó muy feliz, comió con Amanda y salió a jugar con don Neme, por eso vine, quería avisar en el hospital de la situación y también quería que supieras que está mejor. Adam sólo te extrañaba, Tom.
—Tendré más cuidado de ahora en adelante.
—¿No quieres volver a la casa, Tom? —indagó el pelinegro, separándose sólo un poco, pero lo suficiente para que ambos se vieran a los ojos.
El mayor quería gritar “sí”, pero estar tan cerca de Bill, sin poder tocarlo como deseaba, sólo sería un tormento para ambos. Una tentación que le llevaría a tener malos pensamientos y no podía permitirse más errores en su familia. Tom había notado que su control de la ira era cada vez más volátil y no quería terminar lastimando a Bill, ya fuera por alguna discusión tonta, o por algo peor, como poseer su cuerpo contra su voluntad.
—No, Bill.
—¿Puedes decirme al menos dónde estarás, por si… te necesitamos? —controló el temblor en su voz, para no preocupar al mayor y para conservar su dignidad, tampoco quería que Tom creyera que lo necesitaba con desesperación, aunque en realidad eso era exactamente lo que pasaba.
—Sí, claro —Tom le dio las indicaciones de cómo llegar. Y Bill hizo cuentas mentales, para visitar el lugar, antes de llegar al hospital.
—Bien, será mejor que me vaya. No quiero seguir interrumpiendo tus labores —Para evitar cualquier muestra de debilidad, se soltó del mayor y casi corrió a su caballo, despidiéndose con la mano de John.
El trenzado salió para contemplar su partida, sonriendo al verlo montar tan sexy. John observó a su empleado y tuvo compasión de él. Justo en esos momentos, un hombre que observaba al pelinegro, quiso acercarse al moreno, pero Bill se alejó sin siquiera notar su presencia.
—¡Que pedazo de cuero! —exclamó el tipo y se pasó la mano por la entrepierna, vulgarmente. Tom lo vio y la indignación le hizo hervir la sangre. Dio dos pasos hasta el desconocido y le propinó un puñetazo, que lo arrojó un metro más allá.
—¡Para! —John se lanzó contra Tom, cogiéndolo por los hombros, al notar que sus intensiones, eran seguir golpeando al hombre.
—¡Estás loco! —Gruñó el tipo, con el acento ligeramente alcoholizado y a duras penas, se alejó de allí.
—Calma Tom —El agarre de John era fiero y lo mantuvo, hasta que los hombros de su amigo se relajaron—. Tranquilo.
—Lo siento —murmuró el trenzado, pero no lo sentía en absoluto. Caminó hasta sus instrumentos de trabajo y comenzó a golpear los metales, con más fuerza de la necesaria, para desbocar su enojo, con ellos.
Su jefe lo observó y recordó las palabras del doctor Hans:
“Tom es un licántropo, querámoslo o no, y por lo tanto, su naturaleza animal puede aflorar en cualquier momento y causar daño”
“Si Tom se siente alejado de Bill, tarde o temprano soltará su frustración y lo hará por la fuerza”
John negó con la cabeza, tal vez el médico tenía razón, Tom era una bomba de tiempo, si Bill no estaba a su lado para controlarlo, como una vaina que cubre a la espada y detiene su poder destructor.
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Bill galopó rápido para alejarse de la herrería, pero cuando divisó el pequeño parque frente al hospital, se detuvo. Cogió las riendas y volteó. Iría al lugar en el que Tom se estaba quedando, debía asegurarse de que no pasara frío por las noches y de que tuviera qué comer; podría estar molesto con él, pero por sobre todas las cosas, lo amaba y no podía evitar sentirse preocupado por su bienestar.
Siguió las instrucciones que el trenzado le dio y llegó a un sector de casas pequeñas. Observó los detalles y descubrió la morada del mayor, era fácil distinguirla, pues tenía un gran jarrón hecho de arcilla, con el dibujo de una luna en el frente.
«¿Qué coincidencia, no?» Pensó el pelinegro.
Pero la verdad era que los dibujos en las macetas eran muy comunes, ahora que había tantos artesanos en Berlín. Las verdes hojas que salían del jarrón llamaron la atención de Bill, quiso acercarse más y examinar la extraña planta, pero oyó la voz de una mujer desde el interior de la casa. Movió un poco más al caballo y notó que en el jardín trasero, había ropa colgada, seguramente recién lavada y esas prendas eran femeninas.
«Seguramente me perdí en algún momento» Se dijo mentalmente el joven médico y emprendió el galope, de regreso al hospital.
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Dos días habían pasado y Tom seguía viviendo fuera de la mansión Kaulitz. Adam y Thomas recibían sus visitas y se veían bastantes saludables, el cambio lunar había finalizado y el pequeño lobezno ya no sufría transformaciones. Amanda había calmado al trenzado, contándole que el joven Bill cuidaba de los dos niños, prodigándoles cariños y atenciones a ambos.
El que sí estaba muy inquieto, era John. El hombre había notado que su mejor trabajador se portaba muy agresivo mientras realizaba sus labores. No es que agrediera a nadie ni física, ni verbalmente, pero cada vez que debía golpear los metales, podía darse cuenta de la fuerza extraordinaria que mostraba el chico. Esta clase de conducta nunca se había visto antes y el hombre, lo atribuyó a la separación de los Kaulitz.
Justamente esos días, cosas raras habían comenzado a ocurrir en los alrededores del pueblo. Varias personas llegaban a pedir que repararan las herraduras de sus caballos, pues las habían destrozado al perseguir a la bestia que estaba atacando los ganados.
Tom apretaba el ceño, cada vez que alguien llegaba contando historias de fantasmas y se reía de John, quien escuchaba atentamente cada chisme, como si fuera parte de las mujeres de Berlín.
—¡Esto es una maldad! —Gruñó el trenzado, levantando la pata de una bella yegua blanca—. John, ven acá —llamó a su jefe y le mostró molesto, la enorme magulladura que tenía el animal.
—¿Qué demonios? —John, estaba tan pasmado como su colega—. ¿Quién haría algo así?
—¿De qué hablan? —pidió saber el dueño de la bestia blanca.
—Esto es producto de una trampa —Gruñó el trenzado—. ¿Dijo que salió persiguiendo al fantasma? —El aludido asintió—. Pues los fantasmas no dejan trampas.
Tom procedió a revisar cada una de las patas de la yegua, comprobando para su mala suerte, que todas tenían las mismas heridas. Arrugó el ceño y fue por sus herramientas.
—Me temo que tendré que quitarle todas las piezas y luego, tendrá que llevarla con un veterinario, amigo —explicó el joven trenzado. El hombre lo miró con desconfianza.
—Tom tiene razón —agregó John—. Si fuerzas más al animal, terminará con heridas que no podrán curar.
—Le recomiendo que no persiga a los fantasmas, señor —agregó Tom—. Sea lo que sea, que está atacando los ranchos, no está solo, tiene un cómplice y es mucho más real que un espíritu transparente.
Después de trabajar en la yegua blanca, el sheriff Listing apareció con el ceño apretado, buscando a los encargados de la herrería. John dejó su trabajo en el frente y llamó con un grito a Tom, quien estaba en la parte trasera. El trenzado corrió ante la ansiedad de la llamada de su jefe y se quedó de piedra en la entrada, al ver a Georg. Cuando el policía buscaba su ayuda, era porque los crímenes se habían vuelto más violentos.
—¿Qué sucede? —preguntó acercándose a los otros dos hombres.
—Ya sabes que estamos persiguiendo a una especie de “fantasma”, ¿no es así? —indagó el castaño, a lo que Tom asintió—. Bueno, resulta que encontramos este trozo de metal en el último lugar que atacó. Y queremos saber si reconocen a qué podría pertenecer.
John cogió el artículo en su mano y lo elevó un poco, para apreciarlo con mejor luz. Tom se acercó más a su jefe, compartiendo la visión y agregó.
—Ese fantasma que estás cazando, es demasiado real, pues está dejando trampas, para que los caballos de los dueños de los ranchos se lastimen, antes de alcanzarlos —agregó el trenzado y relató su trabajo con las herraduras.
—Lo suponíamos —comentó el policía, pero de todas formas tomó notas de la información que le proporcionó Kaulitz.
—Es un trozo de metal muy viejo —dijo John—, es parte de algo más grande que seguramente se rompió por la presión. Pero no estoy seguro qué puede ser en realidad.
—Déjame verlo —Pidió el trenzado y pasó los dedos por el pequeño metal y luego arrugó el ceño—. John tiene razón, este trozo fue arrancado por tirar de él —Los otros dos, le pusieron atención—. Creo que es un pedazo de grillete, si te das cuenta tiene una pequeña curvatura, pero no es tan pequeña como la curva del eslabón de una cadena. Definitivamente, creo que tenían a algo o alguien atado con esto y escapó.
—Tal vez es un animal y su propio dueño no quiere deshacerse de él, es por eso que lo protege, tendiendo trampas —sugirió el sheriff.
—¿Por qué piensas que es un animal? —cuestionó John.
—Porque principalmente ataca animales pequeños, pollos, gallinas, cabras, ovejas —explicó el policía—. Nunca ha lastimado a una persona, tal vez se siente intimidado por la altura de los hombres o los animales más grandes.
—Tiene sentido —comentó Tom—. ¿Pero qué clase de animal haría cosas así?
—Si una persona tuviera como mascota un pequeño tigre o un cachorro de león, estaría en graves problemas —expresó John.
—Gracias caballeros, sus palabras me han servido de mucho, como siempre. Si descubren algo más, ya saben dónde ubicarme —Con una leve inclinación de cabeza, el castaño se retiró.
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Cuando la hora del trabajo terminó, Tom cogió sus cosas y se retiró a su casa para darse un baño y visitar a sus hijos, estando más aseado. Se preocupó de deshacer sus trenzas y lavar muy bien su cabello, sabía que se secaría mientras galopara hacia la mansión y podría pedirle a Bill que las volviera a trenzar.
El joven no se percató de que la figura femenina de Ixchel seguía sus movimientos, cual acosadora, mediante pequeños orificios dispuestos estratégicamente por toda la casa. La mujer apretó un pequeño amuleto que colgaba en su cuello y apretó los dientes, excitada y nerviosa por lo que haría esa noche.
Cuando Tom terminó de vestirse se dispuso a salir de la casa, la chica india se acercó por detrás y cogió su mano.
—¿Quieres cenar conmigo? —preguntó con un leve tinte en las mejillas.
—Lo siento Ixchel, iré a visitar a mi hijo —respondió y sin decir nada más, salió de la casa.
La mujer lo observó por la ventana y sintió la ira crecer nuevamente en su pecho. Ella era un ser especial dentro del clan, no podía creer que estuviera siendo rechazada nuevamente por Tom. No lo permitiría, no otra vez. Haría las cosas con mayor fuerza esta vez, sin importar las consecuencias. Tom sería suyo, costara lo que costara.
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El jardinero era uno de los últimos en retirarse a sus habitaciones, el hombre viejo adoraba pasear bajo la luna y se sorprendió al oír cascos de caballo acercarse, cuando el sol comenzaba a ocultarse. Se acercó más a la entrada y sonrió feliz, al ver que era su amo Tom.
El joven lo saludó gentilmente, como siempre y le entregó las riendas del animal.
—¿Ya comiste? —preguntó Tom, a lo que el hombre asintió.
—Pero el amo Bill todavía no lo hace, seguro podría acompañarlo —sugirió con una sonrisita cómplice.
—Sí, puede ser —Tom se quitó el abrigo negro y entró a la casa, alertando a todos con su presencia.
—¡Papi Towi! —Gritó el pequeño Adam, corriendo hasta los brazos de su padre.
—¡Bienvenido! —Secundó Amanda, con otro abrazo a su joven amo, que más bien era como un hijo para ella—. ¿Quiere comer algo?
—Sólo si alguien me acompaña —respondió Tom, dando una mirada directa a su adorado pelinegro, quien se puso de pie.
—Yo cenaré contigo —Estiró la mano, para que el mayor la cogiera—. ¿Vamos?
Adam los miró con una sonrisa gigante y se fue detrás de ellos, dando ligeros saltitos de un lado a otro, como realizando su baile personal de la victoria.
Después de comer, Tom revisó que no hubiera monstruos bajo la cama de Adam y se sentó en una silla, mientras Bill hacía sus trenzas. Las respiraciones calmadas de sus hijos, más la relajación que sentía al tener las delicadas manos de Bill en su cabeza, lograron que a Tom se le cerraran los ojos.
—Deberías quedarte a dormir —sugirió el mayor, al terminar con la última trenza.
—Tal vez tengas razón —Tom se levantó y abrazó al pelinegro sin previo aviso—. Es bueno estar en casa.
Bill suspiró y se relajó en el abrazo. Era cierto, siempre era bueno estar en casa, cuando toda la familia estaba reunida. Tom se separó un poco y atrapó sus labios en un beso suave, que lentamente subió de intensidad. Bill lo dejó hasta que sintió un bulto en la entrepierna del mayor rozar su muslo, sólo entonces, las inseguridades volvieron y se separó un poco con una sonrisa.
—¿Te preparo una habitación? —preguntó apenas en un susurro.
Tom arrugó el ceño, creyendo que la oferta era para que volvieran a estar juntos como siempre. Negó con la cabeza y se acercó a la cama, para besar la frente de Adam y la de Thomas y luego salió de la mansión, sin mirar atrás.
Bill se quedó en la puerta, con un nudo en la garganta y un mal presentimiento. Decidió darse un baño, para relajarse, pues sabía que no podría dormir, al menos no todavía.
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Tom por su parte, galopó con rapidez hasta que llegar al pueblo. Al pasar por la herrería pensó que tal vez podría quedarse allí, por alguna extraña razón, no tenía ganas de volver a su pequeña casita, pero al recordar la oferta de Ixchel y su expresión dolida, lo reconsideró, seguramente no era bueno para ella sentirse tan sola. Menos ahora que la caravana de su pueblo había dejado Berlín.
Apretó las riendas de su caballo y redirigió sus pasos.
La casa estaba a oscuras, con excepción de una pequeña lámpara de aceite que Ixchel había dejado intencionalmente en la entrada de la casa, para que Tom no tropezara en la oscuridad. El chico de las trenzas cogió el artefacto y caminó con él hasta su habitación.
Se quitó la ropa con desgana, recordando el beso que acababa de compartir con su amado pelinegro. Arrugó el ceño, afirmándose mentalmente que debía limpiar su nombre, para recuperar la confianza de Bill. Al llevar sólo el pantaloncillo blanco que usaba como ropa interior, se metió a la cama.
La mujer india, que lo observaba desde las pequeñas ranuras previamente arregladas para espiar a Tom, se puso de pie, al comprobar que el chico estaba profundamente dormido.
Recordó las palabras de advertencia de su padre, pero esta vez no les haría caso, necesitaba ser más fuerte y las ocasiones extraordinarias, requerían medidas extraordinarias, así que en silencio se dirigió a la habitación de junto y encendió el incensario preparado para ese evento.
Cuando la delicada columna de humo comenzó a elevarse, la chica cubrió su nariz y se retiró a su propio cuarto, sintiéndose excitada por lo que pronto ocurriría.
& Continuará &
¿Qué es lo que ocurrirá? ¿Qué le hará a Tom con ese incienso? ¿Podrá salvarse nuestro lobito sexy? ¿O caerá en las redes de Ixchel? ¿Qué habrá pasado con la propuesta que Bill le había hecho previamente la chica india? Muchas preguntas, los invito a leer el siguiente capítulo. Y recuerden que los comentarios son el mejor pago para un escritor. Beshoshs.