Perfect Love 2: The devil Inside (By MizukyChan)

Capítulo 6

Tras haber repasado algunas páginas del libro que le entregó Gustav, sobre el comportamiento de los lobos, Bill decidió poner en práctica un sencillo plan y así demostrar que su adorado Tomi seguía siendo el mismo, que no perdería el control por un asunto que estaba ligado a su estado salvaje. Su trenzado era humano, y uno muy tierno, él no se dejaría arrastrar por las bajas pasiones, si con ello lo lastimaba. De eso, estaba seguro.

—Creo que ya es hora de que nuestro Adam se vaya a dormir —comentó el pelinegro, sonriendo al ver el ceño fruncido tanto del niño, como de su papi Towi.

—Pero me está enseñando su dibujo del lobo —alegó el mayor, como si tuviera la misma edad del pequeño.

—Está bien, sólo cinco minutos más —Amanda negó con la cabeza, seguramente diciendo “par de criaturas”—. Recuerden que mañana, Adam debe estar descansado si quiere jugar con su nuevo amigo “el hijo de la laguna”

—No, papi Bibi, no “laguna”, es “el hijo de la gran luna” —El niño ponía la voz seria, para pronunciar aquel nombre tan místico, en su opinión infantil.

—Oh, lo siento mucho señor “Primer hombre” —Bill también cambió la voz, para hacer notar que el nombre de su hijo también era importante.

Tom los observaba en silencio, con una sonrisa pintada en el rostro. Finalmente se puso de pie y cogió a Adam en brazos, colgándolo sobre sus hombros, emprendiendo el camino a su habitación. Allí lo vistió con sus pijamas y lo arropó hasta el cuello.

—¿No hay monstruos bajo la cama, verdad? —indagó el niño, mirando directamente a su papi Towi.

El adulto se puso de rodillas en el piso y revisó, sin hallar nada. Miró a su hijo y negó con la cabeza. Susurrando agregó—. Pero si alguna vez aparece un monstruo de verdad, debes decirme porque…

—Tú me protegerás.

—Sí. Yo te protegeré a ti —Señaló con su dedo el pecho del niño—. Y también a papá Bibi y a la abuela Amanda y a los viejitos que cuidan la casa.

—Papi Towi es tan fuerte como el lobo guardián —afirmó el pequeño y su padre sonrió.

—Sí lo soy.

—Te quiero papi Towi —El trenzado se acercó y depositó un dulce beso en la frente del infante. Y cambiando la mirada, el niño agregó—. Te quiero papi Bibi.

—Y yo a ti, bebé —El pelinegro se acercó y repitió la acción de su lobo.

Bill extendió su mano y Tom la recibió con gusto, levantándose de la cama, para seguirlo a sus propios aposentos.

Una vez en su cuarto, Bill volteó y se apoderó de los labios de su Tom, incitándolo con caricias lascivas, recorriendo ávidamente su espalda y nalgas. Caminó a tropezones, hacia atrás, moviéndolos a ambos hasta la cama, quitando prendas de ropa en el trayecto.

Cuando ya estaban desnudos, el pelinegro se ubicó sobre el mayor, dejando un rastro de besos y lametones por todo el pecho y vientre del trenzado, quien se deshacía en gemidos roncos de placer. Sin perder tiempo, Bill engulló toda la carne del mayor, mojándola con su saliva, a medida que subía y bajaba por su erecta longitud.

Tom se sintió tentado de embestir contra la boca del pelinegro, pero sabía que lo ahogaría, así que apretó las almohadas bajo su cabeza, tratando de controlar su instinto y dejando que las sensaciones siguieran fluyendo por su cuerpo. Bill estaba haciendo un trabajo maravilloso y pese a que adoraba estar dentro de la delgada figura del menor, esto era algo realmente excitante.

Bill sintió que su propia erección dolía y gimió gravemente cuando se rozó con la cama, ese sonido provocó una vibración en el miembro de Tom, que lo estremeció por completo.

—Dios, Bill —El mayor sintió que las olas del orgasmo estaban cerca, así que tomó el control de la situación.

Mojó dos de sus dedos y prácticamente se sentó en la cama, para poder alcanzar la entrada del menor y prepararlo. Lo que hacía Bill era grandioso, pero ellos eran una pareja, hacían el amor “juntos”, así que de esa forma acabarían.

Mientras Bill lamía toda la masculinidad del trenzado, los dedos de éste se deslizaban dentro de su cuerpo, llevándolo a la locura.

Cuando Tom lo sintió listo, se separó de la fuente de su placer, sólo para cambiar de posición y seguir disfrutando de aquella cercanía que les bridaba tal gozo a ambos. Sujetó su miembro y lo guió hasta la rosada entrada del pelinegro, quien contuvo la respiración, mientras era llenado por Tom.

—¿Estás bien, cielo? —preguntó el mayor, sintiendo como palpitaba, listo para embestir.

—Sí, hazlo Tomi —respondió el más delgado.

El lobo se movió sólo un poco, buscando el punto exacto, hasta que un gritito del menor, le dijo que lo había encontrado, entonces embistió con seguridad. Su cuerpo estaba al límite y golpeando certeramente el punto de Bill, haría que los dos, alcanzaran juntos el orgasmo, sin necesidad de esperar como los días anteriores. Esta idea de Bill había sido muy ingeniosa.

—Ah, ah, ah —Gimió el pelinegro, moviéndose rápidamente por el vaivén del cuerpo sobre el suyo. La excitación contenida, más esos estímulos directos, lo hacían ver estrellas, pero rogaba que su plan estuviera dando resultados, porque si Tom continuaba a ese ritmo, caería rendido en cosa de minutos.

—Dios, Bill —Gimió roncamente el trenzado, expulsando su semilla caliente, llenando todo el interior del menor.

—Tócame —Pidió el pelinegro, pero apenas la mano de Tom apretó su miembro, eyaculó con fuerzas, manchando sus dedos, con la blanquecina esencia.

Con mucho cuidado, Tom salió el cuerpo más delgado, poniendo atención en el color de los fluidos que salían con él. Últimamente se contenía lo más que podía, para no dañar a su pareja, pero lo que acababan de hacer, fue simplemente genial y lo mejor de todo, es que no había rastro de sangre allí. No lo había lastimado y a juzgar por la respiración caótica de Bill, lo había disfrutado tanto como él.

Se recostó en la cama y abrazó a Bill, pegando la pálida espalda contra su pecho. No le importó la capa de sudor de sus pieles, ni los fluidos que aún estaban allí, y que pronto serían molestos. Lo único que quería, era volver a sentir la calma que solía sentir, cuando hacían el amor. Sus respiraciones agitadas, lentamente volvían a su propio ritmo, acompasándose casi simultáneamente, como si ambos fueran un par de relojes, que hacían clic, a cada segundo.

—Oh, Dios, como te amo, Bill —susurró el mayor, dando un beso largo en el cuello del aludido—. Y sabes perfectamente bien, que no me refiero al sexo.

—Lo sé, Tomi —El pelinegro sonrió y atrapó con sus brazos, las manos de Tom que estaban en su pecho, pegándolo a él. Marcándolo como suyo.

—¿Qué ha sido todo eso?

—Es algo que la gente llama “juegos preliminares” —contestó el menor, sintiendo un ligero rubor encender sus mejillas.

—¿Y cómo te enteras de esos juegos, eh? —indagó el trenzado, repartiendo más besos por la piel que tenía visible, frente al rostro.

—Mmm, investigación —Volteó dentro del abrazo y se quedó mirando fijamente a su lobo—. ¿Cómo ha sido para ti?

Al notar el cambio de actitud de su pareja, Tom comprendió a qué se refería—. Me ha gustado mucho, pero…

Bill arrugó el ceño al ver que el mayor también lo hacía—. ¿Qué?

—Fui brusco al final… otra vez.

Bill sacó una mano de entre las mantas y acarició la mejilla de su lobo, buscando hacer contacto visual—. A mí me ha gustado, Tomi. Sí, fue rápido, fue sexy —dijo sonriendo, relajando a su novio—, pero sobre todo, pudimos hacerlo juntos. Te dejé satisfecho —Un brillo especial apareció en los ojos del menor.

—Bill. Tú siempre me dejas satisfecho. Siempre.

—Pero últimamente no podía…

—Eso no tiene que ver, mi amor. Eso es algo puramente físico. Lo que tú me das, va mucho más allá de todo lo carnal. Yo te amo y tú me das el amor que tanto necesito. Eso, es lo que me deja satisfecho.

Bill sonrió, le gustaba lo que estaba oyendo, pero tampoco podía evitar estar feliz porque había encontrado una nueva forma de satisfacer completamente a su lobo.

& Un par de semanas después &

El pelinegro aumentó el galope de su caballo, al ver a una pareja en la entrada del hospital. Él tenía a cargo el primer turno de la mañana y el ver que la mujer cargaba a un bebé en sus brazos, sólo aumentó su preocupación.

—¿Cuál es el problema? —preguntó, atando su animal con las correas negras.

—Es el niño —dijo el padre, completamente alterado—. ¡Está maldito! —exclamó y alzó las manos al cielo, como pidiendo una explicación.

Bill no hizo caso del comentario. Estaba acostumbrado a oír sobre maldiciones, mal de ojo y mil y una fábula que los campesinos inventaban. Simplemente se limitó a abrir la puerta, encender las luces y pedirle a la pareja que entrara. Se puso la bata blanca y cogió al niño.

—Soy el doctor Kaulitz —Se presentó el joven, mirando primeramente las pupilas de la criatura, que no lloraba, ni parecía tener rastros de dolor—. ¿Qué ha pasado con el bebé? —Volvió a interrogar.

—Esto es un castigo de Dios —anunció el hombre. Era joven, seguramente tenía un par de años más que el mismo Bill.

—¿Por qué lo dice? —Insistió el pelinegro, mientras abría la boca del infante, para revisar si había hinchazón en la garganta. Una vez más, nada.

Bill no halló ninguna posible causa de enfermedad en el niño, así que enfrentó la mirada de sus padres. Pero al verles así de abatidos, arrugó el ceño y tras devolverle el bebé a la mujer, se sentó frente a ellos, para escuchar su respuesta.

—Primero nuestro hijo, nuestro primogénito, el que era nuestro de verdad, murió en el parto —murmuró el varón, mientras su esposa sollozaba.

A Bill no le extrañó tampoco esa información, muchas mujeres y niños morían a la hora del alumbramiento. Ya que, pese a que tenían un muy buen hospital, por causa de las mismas tradiciones ignorantes, las familias seguían llamando parteras. Estas mujeres sólo tenían conocimientos que se habían transmitido por vía oral por generaciones, sin embargo, muchas cosas podrían salir mal durante un alumbramiento: el cordón podría venir en el cuello del bebé, podría estar en una mala posición, cualquier pequeño detalle, ponía en riesgo la vida no sólo del niño, sino también de la madre. Eso sin mencionar las infecciones que mataba al resto de las féminas atendidas por esas comadronas.

—¿Quién los atendió?

—El doctor viejo —respondió la mujer, limpiando sus lágrimas—. El doctor Hans llevó mi caso por todo el embarazo.

Bill abrió los ojos sorprendido y luego trajo a su memoria los hechos de un par de semanas atrás. “Una familia que perdía a un hijo, y un hijo que perdía a su madre”

—Ese bebé no es suyo —Más que pregunta era una afirmación. El pelinegro ató cabos y pensó que ese niño, era el hijo de la doncella que murió envenenada por su padre. Aquella chica que le hizo desconfiar de Tom, pensando que su hijo era del lobo.

—No, este bebé perdió a su madre —explicó la mujer—. El buen doctor, pensó que podríamos cuidarlo nosotros, porque nuestro propio nene, falleció.

—¡Pero ese bicho está maldito! —exclamó nuevamente el hombre, esta vez poniéndose de pie.

—Señor, cálmese por favor —Pidió el médico—. ¿Dígame, cuál es su nombre y qué nombre le dieron a la criatura? —El pelinegro sacó su lápiz y se prestó para anotar.

—Él es mi esposo, Rick Poole —Como el hombre no decía nada, para tratar de controlarse, su esposa hizo las presentaciones—. Y al bebé lo llamamos Thomas, como mi padre.

Bill sintió que la sangre se congelaba dentro de su cuerpo, otra vez esa horrible sensación de déjà vu, lo invadía. Sus manos temblaron levemente y bajó la pluma, para poder empuñarlas. Miró un punto en la pared, debía alejar esos pensamientos, no existía ninguna relación entre su Tom y ese bebé llamado Thomas. Era una mera coincidencia de nombres y nada más.

—Yo soy Octavia San Fuentes —Terminó la mujer—. Vengo de España —agregó al notar el ceño fruncido del doctor.

Inhalando profundamente, Bill se atrevió a preguntar—. ¿Y cuál es el problema con el niño?

—¡Está maldito! —Gruñó el hombre, sin filtrar. Se sentó junto a su esposa y miró al doctor—. Es una criatura del infierno —Continuó, sin importarle la tristeza que sus palabras provocaban en su mujer—. Es un hijo del diablo.

—¿Puede dejar de balbucear estupideces y hablar claro? —El pelinegro siempre era una persona muy paciente en su trato con la gente que lo visitaba en el hospital, pero esa situación le alteraba los nervios.

—Anoche, ese niño… se, se convirtió en un animal —contó Rick, con los dientes apretados, como si sus palabras estuvieran llenas de ponzoña.

—¡¿Qué?!

—¡Un perro! ¡Esa cosa es un perro! —La exclamación final del hombre, casi hace reír al pelinegro.

—Eso es imposible —dijo sin más. Le pareció triste ver que ese hombre, que parecía ser un ciudadano respetable, dijera tal barbaridad.

—¡Lo es, maldita sea! —Gruñó y luego negó con la cabeza—. ¡No lo queremos! —Le arrebató el bebé a su esposa y lo dejó en la camilla—. ¡Nos vamos! —Y salieron, dejando a Bill completamente anonadado.

Los sollozos de la mujer todavía se oían a lo lejos, cuando el bebé comenzó a llorar. El pelinegro se puso de pie lentamente, mirando al bultito que se retorcía entre las mantas y caminó hacia él. La criatura se calló al verle, sus ojitos brillaban por las recientes lágrimas. Era tan pequeño y se veía tan indefenso, que Bill no fue capaz de ser indiferente a sus quejidos; lo tomó en sus brazos y lo meció suavemente. Sacó un pañuelo de papel para limpiar las babas que botaba por la boca, como tratando de hacer sonreír al mayor que lo sostenía.

—Parece que el destino siempre te quiso dejar en nuestra casa, ¿eh Thomas?

&

Al pasar algunas horas, Gustav llegó al hospital a cumplir su turno y relevar a Bill en su hora del almuerzo. El rubio se quedó en la puerta y evitó hacer un comentario irónico como: “nunca noté tu barriga, Bill”, al ver que el pelinegro se veía divertido con el pequeño en sus brazos.

—Mmm, Bill, ya vine —anunció tratando de verse tranquilo.

—¡Dios, Gus, qué bueno que llegaste! —El chico giró para verlo y le cedió al bebito—. Toma, sostén a Thomas un segundo —dijo y procedió a quitarse la bata blanca.

—¿Thomas? —El rubio estaba cada vez más sorprendido e intrigado por el pequeño visitante—. ¿Quién es Thomas?

—El niño se llama Thomas —contestó el pelinegro y se ató el morral de una forma diferente, cruzando las dos correas tejidas por cada uno de sus hombros, dejando el espacio en la bolsa, totalmente vacío—. Dame acá —Volvió a cargar al bebé y lo puso dentro del morral—. Mira, perfecto —Sonrió al notar que el niño no mostraba gestos de incomodidad—. Qué bueno que Amanda teje estás cosas tan lindas —dijo con la voz dulce, como si contara un cuento a Thomas.

—¿Mmm, Bill? —Gustav no sabía qué decir, nadie le había contado de algún parto reciente o de algún pariente que viniera de visita trayendo un bebé—. ¿Me puedes…?

Pero el pelinegro ya estaba abandonando el hospital.

—Adiós Gus, vuelvo más tarde. El pequeño Thomas se muere de hambre —Agitó la mano, en señal de despedida y subió al caballo, con todo el cuidado que pudo—. ¿Cómo vas bebé? —preguntó a la criaturita, cuando montaron.

—Agú —Se oyó claramente. Bill se dio satisfecho con eso y emprendió la marcha.

Sin duda tendría muchos problemas, en un principio, luego Tom aceptaría a ese pequeño infante, tal como aceptaron a Adam. Y su hijo finalmente, tendría un hermanito.

Con la mirada al frente, el pelinegro se asombró de las ridículas tradiciones que todavía gobernaban al mundo, era una verdadera lástima, que ese matrimonio, se valiera de esa excusa tan pobre, para abandonar a un bebé.

—¿Cómo pueden decir que eres un perro? —Gruñó, apretando más el agarre de las riendas—. Eres un niño encantador.

& Continuará &

por MizukyChan

Escritora del fandom

Un comentario en «The devil Inside 6»
  1. ¿Qué problemas traerá ese niño “perro” a la familia Kauliz? ¿Aceptará Tom al nuevo invitado o se molestará con Bill? No se pierdan la continuación.

Responder a MizukyChan Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!