¡Auch! Maldita Navidad

«¡Auch! Maldita Navidad»

Bill esperaba en el aeropuerto con el ceño fuertemente apretado. La aerolínea le había cambiado un vuelo directo, en el último momento, por uno con escalas y ahora esperaba, muerto de frío, hasta que llegara el siguiente avión que venía con retraso. Era como si todo le recordara cuanto odiaba esas condenadas fechas.

Vuelo con destino a Berlín C45, cancelado por malas condiciones climáticas.

Cuando los ojos de Bill leyeron ese mensaje, explotó—. ¡¿Pero, qué mierda?! —Tomó su equipaje de mano y se dirigió, junto al resto de los pasajeros, hasta la ventanilla donde les darían más información.

La encargada les explicó que por las nevadas y los fuertes vientos de esa noche, los viajes serían cancelados hasta el día siguiente, donde les indicarían el horario de sus nuevos vuelos. Les sugirió que pasaran por la cinta a retirar su equipaje y que se hospedaran en un hotel, porque sería una noche muy fría.

Cuando el grupo de personas comenzó a caminar hacia la cinta indicada, un joven apuesto se acercó hasta Bill, quien no paraba de gruñir, y le preguntó—. Disculpa, ¿eres del vuelo a Berlín, no?

El joven pelinegro asintió, sin mirar realmente al chico.

—¿Podrías decirme qué pasó? ¿Por qué todo el mundo se mueve? —Bill lo miró y levantó una ceja, a lo que el chico, señaló su café—. No me enteré porque estaba comiendo algo.

—Suspendieron los vuelos por la tormenta. Dijeron que vamos a la cinta a retirar el equipaje y que busquemos alojamiento, porque no habrá vuelo hasta mañana —respondió el pelinegro.

—Oh, gracias. A propósito, soy Tom —dijo el trenzado guapo, mostrando una brillante sonrisa al otro, quien sólo asintió.

—Yo, Bill. Disculpa mi mal carácter, se suponía que debía llegar hoy a Berlín, pero al parecer mi condenada suerte, siempre me jode estas fechas.

—¿Quieres un boñuelo? —Tom levantó una bolsa de papel que sostenía junto a su café.

—Claro, gracias.

Tom extendió la bolsa y Bill la recibió, arrugando el ceño al ver su contenido y la devolvió a su dueño—. Lo siento. Tiene relleno de chocolate y soy alérgico.

—Oh, parece que de verdad la suerte te jode en Navidad —dijo el trenzado a modo de broma.

Bill gruñó, pero asintió—. Vamos por las maletas.

Se pararon junto a la cinta numerada y esperaron. Tom sacó sus dos maletas medianas, pero Bill no veía las suyas por ninguna parte. Pasó media hora y la mayoría de la gente se retiró, salvo unas chicas, que al ver que su equipaje no aparecía, fueron a preguntar.

—Espera aquí —dijo Tom, siguiendo a las chicas, escuchando lo que el encargado les respondía. Arrugó el ceño y regresó con el pelinegro gruñón—. Me temo que tus maletas y las de esas chicas se han enviado a otro lugar.

—¡¿Qué?!

Bill corrió hasta el encargado, preguntó, gritó, dio pisotones en el suelo, pero nada le devolvería las maletas, no hasta el día siguiente, en el lugar de destino, Berlín.

Tom siguió a Bill, con sus maletas a cuestas y se sentó junto a él en una de las tantas sillas del aeropuerto. Suspiraron al mismo tiempo. A Tom le pareció divertido, pero a Bill, no.

—Mira, no te enojes, después de todo, esta gente no tiene nada que ver con quienes embarcaron mal tus pertenencias —comentó Tom, como si eso fuera a calmar la actitud agresiva del chico, quien tecleaba furiosamente su celular—. ¿Qué haces?

—Busco un hotel, porque me muero de frío.

—Oh, buena idea. —Tom sacó también su aparato, pero todos los hoteles en la cercanía estaban completos—. Debe ser por la fecha —mencionó el trenzado.

—Es por mi jodida mala suerte —gruñó el pelinegro.

De pronto, Tom puso atención a una pareja de turistas que hablaba en un idioma que adoraba, francés, y pudo entender que había una pensión no muy lejos que cobraba barato y que tenía vacantes. Recordó el nombre “Rome”.

—Lo tengo —dijo al pelinegro, quien lo miró con cara de confusión.

—¿Qué cosa?

—Iremos a Roma —respondió el trenzado con una gran sonrisa.

Bill no pudo evitar contagiarse de esa sonrisa, pero su actitud pesimista regresó y dijo—. ¿No podemos salir de aquí y quieres ir a Roma?

—No Roma, Roma, sino el hostal, Rome.

—Oh. Está bien. —Bill agradeció tener dinero en su billetera, de lo contrario se habría congelado en el aeropuerto.

—Vamos, no debe ser difícil llegar. Después de todo, todos los caminos llegan a Roma —bromeó el trenzado, pero Bill no tenía ánimo para sonreír, estaba cansado, tenía hambre y mucho frío.

Tomaron un taxi y descubrieron que el hostal estaba a sólo dos manzanas del aeropuerto, así que ese dinero se gastó en vano. Bill seguía mascullando que se trataba de la mala suerte que lo seguía en Navidad y Tom, le restaba importancia.

La mujer que los atendió dijo que sólo le quedaba una habitación con dos camas, pero que tenía un pequeño problema con la calefacción, sin embargo, les haría un descuento si la tomaban. Ellos aceptaron y lo lamentaron en el momento en que entraron al lugar.

—Dios mío, está helado —dijo Bill, comenzando a temblar.

Tom arrugó el ceño, era cierto, la habitación estaba helada y las mantas no se veían muy abrigadoras. Miró a su compañero y sus labios se curvaron hacia abajo, ese chico se enfermaría si no se abrigaba bien para dormir.

—Tal vez si te das un baño caliente antes de acostarte, tu cuerpo se caliente un poco más —sugirió el trenzado—. Te pasaré un poco de ropa para que no duermas desnudo.

Subió una de sus maletas a la cama y la abrió, sacó un pantalón de chándal abrigado y una camiseta de algodón, además de un jersey de lana con la cara de Rodolfo, el reno, tejida allí.

Bill se puso a reír cuando vio el diseño navideño tan colorido.

—No pensé que fueras del tipo amante loco de la Navidad.

—No lo soy. Fue un regalo de mi madre, creo que sacó la idea de la película Bridget Jones o algo así. Ella amaba al señor Darcy.

Bill rió de nuevo, alegrando el frío lugar. Tom sintió que su pecho se inflaba al escucharlo y deseó que las circunstancias fueran otras, para que el chico pelinegro riera más.

—Anda, ve a bañarte. Iré a comprar algo de comer.

—Por favor…

—Nada con chocolate, esta vez —lo interrumpió el de trenzas.

Tom salió del hostal y, preguntando, llegó hasta un supermercado, donde compró dos platos preparados y calientes de pasta, además de una paleta de sombras oscuras, ya que se fijó en lo bien que le quedaba el maquillaje a Bill.

Volvió lo más rápido que pudo a la habitación y se sorprendió de ver al pelinegro tiritando en la cama.

—¿Bill, qué te pasó?

—Parece que el desperfecto se ha extendido a las duchas —respondió el chico, con la barbilla temblando.

Tom sacó los platos, que afortunadamente todavía estaban calientes y le extendió uno a Bill—. Toma, come esto para que entres en calor.

Mientras tanto, de puso detrás del chico y frotó enérgicamente su espalda, hasta sacarle un gemido de gusto.

—Gracias, Tom. Pensé que moriría congelado o algo así.

—Que suerte que no te lavaste el cabello o estarías en serios problemas, porque no tengo un secador de pelo en mi maleta —bromeó.

Después de comer, el trenzado metió los restos en una bolsa y los arrojó el la basura. Se quitó la ropa y se metió a la cama. Tal como sospechó, las mantas no abrigaban mucho y Bill todavía se veía bastante helado. Arrugó el ceño, tratando de decidir cómo decir lo siguiente, sin sonar como un desquiciado o algo peor.

—¿Bill?

—¿Hmh?

—¿Todavía tienes frío?

—Mis pies están congelados —respondió.

Tom saltó de la cama y metió sus manos en la maleta otra vez, buscó un par de calcetas abrigadas y sin dudarlo, se sentó en la cama de Bill, enfundando sus blanquecinos pies en las calcetas.

—Gracias —susurró el pelinegro, pero su voz sonaba temblorosa—. Tom… ¿podrías…?

Tom lo quedó mirando, pero al ver que no decía nada, se arriesgó él mismo—. Mira Bill, hace mucho frío y creo que deberíamos dormir juntos. No es que te vaya a hacer algo, pero mírate, te ves casi morado.

Bill no dijo nada, sólo asintió y soltó las mantas para dar espacio al otro chico. Pero antes que Tom entrara en su pequeña cama, sacó las mantas de su propia cama y las puso en la de Bill.

—Ahora sí podremos dormir calientitos —comentó el trenzado, tomando una esquina al lado derecho.

Se quedaron en silencio, hasta que Bill susurró—. Gracias.

Tom giró y buscó el cuerpo del otro, no lo abrazó, sólo se acercó lo suficiente para prodigarle más calor.

Por instinto, Bill movió los pies, hasta enredarlos con los de Tom, buscando calor. El trenzado no dijo nada, no los retiró, sólo sonrió y se dispuso a dormir. Al cabo de una hora, ambos estaban profundamente dormidos y envueltos en un abrazo, que no supieron en qué momento se dieron.

Al día siguiente, Tom se encontró con una cabellera negra en sus brazos y unos pálidos labios muy cerca de los suyos. Con cuidado tocó la mejilla de Bill, aliviado de sentirla tibia y no fría, como imaginó.

Se levantó de la cama y se dio una ducha rápida, que extrañamente le resultó muy cálida y reconfortante. Parece que la mala suerte de Navidad, sí seguía a Bill, después de todo. Escribió un mensaje en el celular del pelinegro, que decía que iba por desayuno y dejó la paleta de sombras junto al aparato.

Llegó minutos después, con dos humeantes cafés de Starbucks, que desprendían un delicioso aroma, además de unas rosquillas deliciosas.

Bill lo recibió con sus ropas del día anterior y una bella expresión en los ojos maquillados. El pelinegro sentía que su mala suerte había quedado atrás y que desde hoy, empezaría una vida nueva.

Tomaron su desayuno con calma y se prepararon para regresar al aeropuerto.

Hubo personas que pidieron cambio de pasajes a otras aerolíneas, por tanto Tom pudo sentarse junto a Bill y se fueron conversando todo el viaje hasta Berlín, donde efectivamente estaban sus maletas.

Pero una vez finalizado el viaje, ambos chicos debían despedirse. Tom miró al pelinegro con una sonrisa y dijo—. Ha sido muy divertido conocerte.

—Ha sido un milagro que esto no acabara en desastre —respondió el otro con una sonrisa.

—Espero que tengas unas bonitas fiestas, Bill.

—Gracias a ti, esta Navidad no será una Navidad de mierda. Gracias, Tom.

Se dieron un fuerte abrazo y luego el pelinegro sonrió—. ¿Sabes? Es la primera vez que duermo con un hombre guapo que no intentara ligarme.

Tom también sonrió—. ¿Piensas que soy guapo? —Y alzó las cejas, coquetamente, logrando que Bill riera con más ganas.

—Lo eres y lo siento, porque me viste en mi peor momento, todo gruñón y hasta tiritando.

—Esto sólo se puede arreglar de una forma —dijo Tom, arrugando el ceño, como si pensara en algo realmente serio—. Tendrás que darme tu número de teléfono.

Bill sonrió—. ¿Para qué quieres mi número? —Estaba claro que se lo daría, pero de todas formas quería escucharlo.

—Para que hablemos y después nos juntemos, y pueda descubrir si eres diferente cuando no eres acosado por la mala suerte de Navidad.

Nuevamente, Bill rió con ganas y tomó el teléfono de Tom, donde grabó su número.

—¿Entonces, hablaremos en Navidad? —Preguntó el pelinegro.

—Tenlo por seguro —respondió el de trenzas, con una sonrisa.

—Hasta entonces, Tom.

—Mantente a salvo hasta entonces, Bill.

Con una sonrisa, ambos tomaron direcciones diferentes, pero con la promesa de volver a encontrarse.

& Fin &

Es un final momentáneo, porque obviamente hay una promesa de un nuevo encuentro jejeje. ¿Qué les pareció? ¿Muy cursi? Es Navidad, qué esperaban XD Muchas gracias por venir a leer. (Lee la continuación «AQUÍ«)

Escritora del fandom

4 Comments

  1. Pobre Bill y su mala suerte, aunque da un poco de risa también. Lo bueno es que también apareció Tom.

    • Exacto, lo bueno es que apareció Tom, como el príncipe que lo librará de la maldición de su mala suerte.

  2. Me gusta tu cursilería de navidad.

    • Me encanta la ternura para los fics de estas fechas.
      Gracias por comentar.

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