El perro

«El perro»

Bill Kaulitz era un artista excéntrico, su habilidad con la pintura era descrita por algunos expertos como “escalofriante”, demasiado realista para el gusto de aquellos que veían sus obras como meros “cadáveres”.

A él, sin embargo, no parecía molestarle, al contrario, cada vez que esos críticos famosos hablaban de sus pinturas, de lo crueles y aterradoras que parecían, sólo aumentaban la atracción de la gente por sus obras, era una especie de placer morboso que tienen las personas de ver y comprar todo aquello que está etiquetado como “tabú”. Cuando la iglesia dice “herejía”, todos van a leer o ver que se ganó dicho título. Cuando un crítico de arte dice “es escalofriante”, todos quieren comprobar por sí mismos si se erizan los vellos de su nuca y si resulta que aquella descripción es acertada, no sólo siguen viendo más de aquellos cuadros, sino que compran uno a escondidas, para llevar a casa y presumir con sus amigos en esas noches de reunión, cuando las charlas triviales se terminan y queda el espacio para algo más… macabro. Aquellos amigos se impresionan y a su vez, repiten la acción, comprando más y más pinturas de este artista alemán que desde tan sólo unos meses, había comenzado a hacerse notar por sus singulares proyectos.

Aquellos mismos críticos, que lo mencionaban tan regularmente en los programas de televisión que frecuentaban, afirmaban que sus obras anteriores eran simple basura, demasiado tiernas, demasiado fantasiosas para llamar la atención del público de la actualidad. Y aludían que por ese primer fracaso, el joven Kaulitz había cambiado drásticamente su forma de pintar al mundo.

Se preguntarán ustedes, ¿cuándo comenzó este cambio? —La voz de la periodista en la televisión fue acallada por las risas de la pareja que se abrazaba en la sala.

Deja de hacerme cosquillas —se quejó el rastudo pelinegro, tratando infructuosamente de alejarse de los firmes brazos de su novio, Tom, sin poder contener la nueva ola de risas que escaparon de su garganta.

¿Para qué? —El mayor, continuó su ataque en las costillas del más delgado—. Prefiero escucharte a ti, que a ese montón de raritos de la tele.

Ja, ja, ja —el chico estaba casi azul, porque las risas incesantes no lo dejaban respirar. Al notar esto, el trenzado lo dejó y le dio un simple beso en la mejilla.

Te ves hermoso cuando ríes —afirmó el mayor.

Tras tomar una gran bocanada de aire, el pelinegro se limpió las lagrimillas ocasionadas por las carcajadas y abrazó a su novio.

Te amo Tomi.

Y yo a ti, mi dulce bebé —acercándose, se apoderó de los jugosos labios y lo besó.

La música que daba término al programa de televisión, logró captar la atención del pelinegro—. ¡Rayos!

Hey —rió el mayor.

Me perdí la respuesta.

¿Qué respuesta? —Insistió Tom.

Iban a especular sobre la fecha en que cambié mi estilo —respondió el de rastas bicolores.

Pero eso nosotros lo sabemos. —El trenzado alzó las cejas y Bill asintió coquetamente—. ¿Lo ves?

De todas formas quiero saber lo que piensa la gente.

Todos esos críticos de mala calidad terminarán diciendo que este cambio terrorífico se debe a tu atractivo novio. —Movió el piercing de su labio con la lengua, sabiendo que eso enloquecía a Bill.

Claro que no.

Claro que sí.

Y era cierto. Cuando Bill conoció a Tom Trumper, todavía pintaba hadas sobre hermosas flores. Sus cuadros eran tan infantiles, que no los compraba nadie. En una ocasión, lleno de frustración, salió a caminar de noche y se alteró al oír los insistentes ladridos y gruñidos de un perro. Cuando quiso acercarse hasta el callejón desde donde provenían esos ruidos, una mano en su hombro lo detuvo, era Tom. El chico de trenzas tenía el ceño apretado y se adentró en ese lugar oscuro, diciéndole que se mantuviera alejado, porque podría haber delincuentes. Bill no hizo caso y caminó detrás de él, pero deseó no haberlo hecho. Un hombre grande estaba golpeando a un perro negro, le estaba dando una paliza.

¡No! —Gritó el chico, llamando la atención del grandulón, quien apretó más fuerte el bate de baseball con el que golpeaba al animal.

El perro estaba bastante maltratado, pero lo que preocupó más a Tom en esos momentos, fue la cara de furia que mostraba el agresor contra el joven que lo había detenido. Sin pensarlo dos veces, se lanzó con todo contra el gigante y le dio un golpe lo suficientemente fuerte, para derribarlo.

Bill aprovechó que nadie lo miraba, para correr hasta el can y cogerlo en sus brazos. Era un perro grande, pero con la ayuda de la adrenalina del momento, Bill lo levantó y emprendió la huida por el callejón.

Tom notó que el chico de las rastas había salvado al animal y tomando el mismo bate de su oponente, le dio un último golpe al gigantón y corrió tras el otro. Al darle alcance, lo guió hasta su coche y condujo hasta un veterinario que conocía y que no les puso reparos para atender al perro, pese a la hora.

Esa fue la primera vez que los jóvenes se vieron y desde entonces, lo siguieron haciendo hasta el presente.

.

¡El perro! —Gritó Bill de pronto, haciendo reír a su novio.

¿Qué pasa con él? —Indagó el mayor, con una sonrisa pintada en los labios, al ver la cara de concentración de su pareja.

Lo conocí a él y a ti al mismo tiempo —respondió como si fuera la idea más maravillosa del universo.

¿Y?

Que tal vez sea él quien ha interferido en la inspiración de mis obras y no tú —explicó como si fuera obvio.

Cielo —Tom se acercó y le dio un beso casto, para luego juntar sus frentes—. Escribo novelas de misterio, seguramente hablo mientras duermo y tú absorbes todas mis palabras y las plasmas en tus lienzos, esa es toda la ciencia.

Tomi…

Es mi culpa, por mis cuentos terroríficos tus hermosas pinturas se volvieron…

¿Obscenas? —Bill lo cortó, alzando las cejas sugerentemente y le dio una mirada llena de picardía a su novio.

Oh… —Tom sonrió, sabía que había hecho o intentado hacer un cuadro de ellos dos en la cama, lo había descubierto una tarde y cuando le preguntó al respecto, terminaron teniendo sexo desenfrenado durante gran parte de la noche. Y al parecer, hoy iba a ocurrir lo mismo.

El de rastas bicolores por su parte, le dio un sensual guiño a su pareja, no le gustaba que Tom se sintiera culpable por el cambio en la temática de sus pinturas. Menos ahora, que sus obras se estaban vendiendo como pan caliente. Eran horribles, no podía evitar pensar en ello, pero le estaban generando ingresos y le estaban dando una gran reputación dentro del ambiente artístico, que fuera mala no importaba, lo que sin duda importaba, eran los ceros al lado derecho de su cuenta corriente.

&

Cuando Tom iba a visitar al perro enfermo, siempre se encontraba con Bill, quien había decidió adoptar al can. En cada una de esas reuniones, la pareja se conocía más y en cosa de una semana, ya eran novios.

El trenzado escribía cuentos de misterio para una revista que salía semanalmente, junto con el periódico local y siempre buscaba paz para dedicarse a sus historias. Bill por su parte, también buscaba lugares aislados para dedicarse a sus pinturas, sin las intervenciones de vendedores molestos o los típicos predicadores. Así que decidieron que si vivían juntos, ahorrarían en gastos y no se molestarían cuando trabajaran.

Fue por eso que decidieron mudarse al campo y ya llevaban tres meses allí. Habían encontrado el lugar ideal, era una finca no muy grande que estaba bien cerrada y protegida, para evitar visitantes inoportunos, pero a la vez, estaba lo suficientemente cerca del pueblo, para hacer las compras y para salir a comer fuera, si les apetecía. Tom entregaba su trabajo por internet y Bill enviaba los nuevos cuadros por encomienda.

Todo era idílico, ellos se amaban con locura, tenían un perro que los adoraba, porque seguramente sabía que les debía la vida, disfrutaban de sus trabajos y habían creado una rutina casi perfecta. Dormían hasta tarde, hacían el amor por las mañanas, desayunaban juntos y luego se retiraban a sus respectivos estudios. Luego almorzaban, y volvían a trabajar. A las cinco de la tarde, sagradamente, Tom salía a correr junto a su perro, era un gran animal y necesitaba ejercicio para quitarse el estrés. Además, cuando estaba en casa, siempre se sentaba a los pies del pelinegro. Cerca de dos horas después, Tom regresaba a casa, para ver alguna película con su adorado novio y tras hacer el amor, se retiraban a dormir.

Era algo de todos los días, una rutina, pero que ni Tom, ni Bill resentían. De vez en cuando decidían salir al cine y luego a comer a algún restaurante. Fue así como se enteraron de que habían encontrado un coche abandonado cerca de un mirador en las colinas. Era un pueblo pequeño y al principio nadie le dio importancia, pensando que una pareja se había quedado sin combustible y abandonado el carro, pero cuando la policía de la ciudad vecina mandó la fotografía de un matrimonio desaparecido, se desató una especie de caos. La alarma duró menos de una semana, después de todo, a nadie le gustaba pensar que cosas malas podrían pasar en su propio pueblo y finalmente la gente, optó por creer que algún malhechor asaltó a ese matrimonio en la ciudad vecina y vino a desechar el vehículo a sus colinas. Nada importante, y luego dejaron de hablar al respecto.

El quinto mes de su estadía en el campo, se volvieron a oír rumores de gente desaparecida. Bill se preocupaba, pues ellos eran los que vivían más alejados, casi entrando al bosque. Pero su novio siempre lo calmaba, explicando que justamente por eso estaban más protegidos, además de contar con su fiero perro guardián. El de rastas bicolores siempre terminaba cediendo ante los razonamientos de Tom y sus caricias tranquilizadoras.

Una tarde, el trenzado salió como siempre a correr con su perro, pero después de las siete, Bill se puso nervioso, Tom nunca tardaba más de dos horas, porque se oscurecía temprano. Cogió el celular, pero recordó que su novio nunca lo llevaba en sus paseos, porque corría por el bosque y de todos modos no habría señal entre los árboles gigantescos. Estaba muy nervioso al ver que el reloj marcaba las ocho y treinta, hasta que un golpe en la puerta y un ladrido le alertaron.

¡Tom! —llamó y corrió hasta la entrada, justo para recibir a su novio que casi caía—. ¡Dios mío! —exclamó al ver su ropa cubierta de sangre.

Me siguió un animal —trató de explicar, pero el menor no lo dejó.

Espera, llamaré al médico.

El pelinegro llamó al doctor del pueblo y en menos de veinte minutos, el hombre estaba en su casa. El hecho de que fuera un pueblo pequeño, era favorable en situaciones como estas, ya que no tenían emergencias médicas muy a menudo.

El hombre de bata blanca, limpió y suturó la herida, mientras escuchaba el relato del chico trenzado, cosa que re-contaría en sus propias palabras al día siguiente, para que el pueblo tuviera más chismes de los que disfrutar.

Cuando venía de regreso, escuché ruidos entre los árboles y pensando que podría ser uno de aquellos chicos bromistas —dijo y el doctor le dio una sonrisita, porque él odiaba a esa pandilla de chiquillos malcriados—, me acerqué a investigar. Pero casi me da un ataque cuando vi a ese enorme jabalí abalanzarse sobre mí, si no hubiera sido por mi perro que lo atacó furiosamente, seguramente me habría matado.

Oh, Tomi —gimió el pelinegro, había estado a punto de perder a su amado y él sin haber estado presente para ayudarlo.

Bill llamó al perro para acariciarlo y así agradecerle el haber protegido a su Tomi, y fue entonces que notó que tenía el hocico manchado de sangre.

¿Y cómo fue que te hiciste esta herida, Tom? —preguntó el doctor, él conocía los bosques, y aunque no sabía mucho de animales salvajes, sí sabía diferenciar entre el ataque de un colmillo de jabalí y un corte de navaja.

Tom notó la inquietud del médico, y simplemente cerró los ojos y prosiguió.

Cuando intenté escapar del animal, corrí lo más que pude y pasé cerca de una cabaña en medio del bosque, quise meterme allí, pero estaba cerrada, la rodeé, encontrando un cuchillo, intenté usarlo en mi defensa, pero terminé tropezando y cayendo con él, me corté yo mismo —sonrió—. Soy muy torpe a veces.

Y no sólo te cortaste, Tom —anunció el doctor—. Tienes un esguince, tendrás que hacer reposo por lo menos dos semanas.

La pareja hizo una mueca, pero finalmente sonrieron. El hombre acordó visitarlos cada dos días, para seguir curando las heridas del trenzado y ver si el menor necesitaba algo del pueblo.

Bill fue en busca de una fuente con agua y comenzó a limpiar la sangre restante del brazo de su novio, estaba en silencio y finalmente rompió a llorar.

Tuve tanto miedo, Tomi.

El mayor lo abrazó con cariño, mientras el perro se acercó hasta ellos y lamía las manos unidas que se asomaban desde la cama.

&

La primera semana pasó muy lenta. Bill se esmeraba en atender a su novio, ayudándolo con los baños y preparando comidas más sanas. Sin embargo, era el perro el que se comportaba extraño, había dejado de comer y a las cinco de la tarde, se paraba junto a la puerta, esperando por su paseo diario.

Uno de esos días, Tom cayó dormido a la hora de la siesta y Bill pensó que debería aliviar el estrés de su perro, así que atando su cadena, salió con él. El can tenía mucha más fuerza que el pelinegro, así que prácticamente lo arrastró hacia el bosque. El rastudo no quería alejarse demasiado, pensando que el jabalí podría estar por ahí, merodeando entre los árboles, pero no contaba con la debida fuerza para retener a su perro, quien parecía guiarlo por un camino en particular.

No… —se quejó Bill al ver que el animal lo guiaba directamente hacia una cabaña—. Debe ser la que Tom vio cuando escapaba del jabalí —susurró a la nada.

Finalmente, el perro se soltó de las manos de su amo y corrió rápidamente hasta la puerta, arañándola para pedir que le abrieran. Bill cerró la distancia y percibió un olor a putrefacción tan grotesco, que ni siquiera cubriendo su nariz con la mano, podía disimular el hedor.

¡Qué asco! —Gruñó y movió el pomo de la puerta para entrar.

Cuando los goznes crujieron y la madera cedió, Bill deseó no haber entrado. La luz era muy tenue, porque las ventanas estaban tapiadas con tablas, pero estaba lo suficientemente claro para ver la fuente del mal olor. Eran cuerpos, varios cuerpos mutilados, faenados y empaquetados, cual carnicería.

Dios mío… —susurró—. ¡Vámonos de aquí! —llamó a su perro, pero al bajar la cabeza, lo descubrió comiendo del torso de una de las víctimas.

Y de pronto todo se despejó en su mente. Cada pequeño detalle cobró sentido en su cabeza. Cada uno de los cuadros que pintó, estaba allí. Macabros, terribles… y reales.

Recordó que cada día que se disponía a trabajar y nada venía a su mente, llamaba a su perro y éste respondía echándose a sus pies.

Pero nunca dormías —dijo acariciando sus orejas, viéndolo comer—. Me estabas mostrando lo que ya habías visto.

Como si pudiera entender las palabras de su amo, el perro levantó la cabeza y mostró su hocico lleno de sangre, para luego acariciar la pálida mano del chico.

Me mostrabas lo que Tom estaba haciendo.

Bill se levantó y fue hasta la mesa, donde había una colección de cuchillos enormes y muy afilados y junto a estos, el cuerpo de alguien sin vida. Estaba intacto, era un hombre joven, tenía varias marcas de puñal.

Tú heriste a Tom. Tú fuiste el último.

El hedor era pútrido, así que con toda la verdad clara en su mente, decidió salir de allí. Su perro lo siguió fielmente, después de terminar su comida.

Al llegar a casa, Bill se dio un baño caliente, necesitaba sacarse la sensación de suciedad que le dejó la cabaña. Se aseguró de que Tom siguiera durmiendo y revisó su correo.

Han solicitado veinte nuevas pinturas —comentó con una sonrisa en la cara.

¡Bill! —llamó su novio desde el cuarto.

¡Voy! —Gritó de vuelta, corrió hasta la habitación y besó a su pareja—. ¿Cómo estás, mi amor?

No tan bien como tú. Te ves feliz.

Sí. Es que me siento muy inspirado.

Tom alzó las cejas y devoró los labios de su amado rastudo. Desde la puerta del cuarto, el perro se lamía los restos de sangre del hocico.

& FIN &

Waa, la verdad esta leyenda urbana fue tergiversada, la idea original era que el perro llevaba a Bill a la cabaña, donde estaba la amante de Tom, pero la persona que contó la leyenda, la encontró muy aburrida y le dio algunos toques macabros que yo adapté al TWC jajaja. ¿Qué les pareció? Espero comenten. Quedan algunas leyendas. Besos y gracias por leer.

Escritora del fandom

2 Comments

  1. @MizukyChan, no estoy segura de la razón, pero lo que escribes siempre termina dejándome pensativa. No sabía de esta leyenda, pero resultó muy buena con la adaptación y todo. No esperaba ese final. Me encantó la parte donde Bill dice que se siente «muy inspirado». Como dicen por ahí, Dios los crea y ellos se juntan.

    • Me alegro mucho que te quedes así «pensativa». La idea de los fanfics no es siempre darte un final feliz, sino dejar uno abierto, para darle al lector la posibilidad de unir cabos sueltos en su cabeza y a ver qué sale de ahí jijiji
      Muchas gracias por leer y comentar 😉

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